Historias y cuentos de tradición nórdica
La pesca de la Serpiente de Midgard

La segunda vez que Thor encontró a Jörmungandr, supo exactamente lo que estaba buscando.
Eso marcaba una diferencia.
La primera vez había sido víctima de los engaños de Útgarða-Loki. Había creído que intentaba levantar un gato y solo después descubrió que entre sus manos había sostenido, oculta bajo una ilusión, a la Serpiente de Midgard. Había sentido su peso, su resistencia y aquella fuerza descomunal que parecía anclada a los propios cimientos del mundo.
Jörmungandr también lo había sentido.
Desde entonces, algo había quedado entre ambos.
Thor conocía la profecía. Sabía que llegaría un día en que la serpiente abandonaría el océano y que ambos se enfrentarían durante el Ragnarök. Sabía incluso cómo terminaría aquel combate: Mjölnir destrozaría a Jörmungandr y Thor caminaría nueve pasos antes de caer envenenado.
Aquello pertenecía al futuro.
Thor nunca había sido especialmente bueno esperando.
El viaje que lo llevó hasta Hymir había comenzado por una razón mucho menos gloriosa: los dioses necesitaban un caldero.
Uno enorme.
Los Æsir querían celebrar sus banquetes y necesitaban un recipiente capaz de contener suficiente bebida para semejante reunión. El problema era encontrarlo. El caldero que buscaban pertenecía a Hymir, un gigante que vivía lejos de los salones de los dioses, cerca de un mar cuyas aguas se volvían oscuras incluso cuando el cielo estaba despejado.
Thor llegó a su morada durante aquella búsqueda y permaneció allí el tiempo suficiente para descubrir que Hymir era un hombre difícil de impresionar.
Esto molestaba a Thor.
Hymir era grande incluso entre los gigantes, viejo, fuerte y acostumbrado al océano. Conocía aquellas aguas del mismo modo que un cazador conoce su bosque. Sabía dónde encontrar peces, cuándo llegaban las ballenas y, sobre todo, sabía hasta dónde podía llevar una embarcación antes de entrar en lugares donde incluso los gigantes preferían mantenerse alejados.
Una mañana anunció que saldría a pescar.
Thor se levantó.
—Voy contigo.
Hymir lo miró de arriba abajo.
Quizá Thor había adoptado una apariencia menos imponente durante el viaje. Quizá el gigante simplemente disfrutaba provocándolo. Fuera cual fuese la razón, la expresión que apareció en su rostro era la que suele reservarse para un niño que acaba de ofrecer ayuda en un trabajo de hombres.
—El mar está frío.
Thor esperó.
—También iremos lejos.
—He entendido cómo funciona el mar.
Hymir frunció el ceño.
—Querrás regresar antes de que termine.
Thor sonrió.
—Entonces tendrás que remar tú de vuelta.
Hymir sostuvo su mirada durante unos segundos. Después soltó un gruñido y comenzó a preparar los aparejos.
—Consigue tu propio cebo.
Aquello, al menos, era una tarea sencilla.
Thor salió de la casa y caminó hacia el ganado del gigante. Hymir poseía animales enormes, bestias criadas en aquellas tierras donde incluso las criaturas domésticas parecían haber recibido una porción excesiva del mundo. Thor recorrió el rebaño hasta encontrar el toro más grande.
Se llamaba Himinhrjóðr, el que brama hacia el cielo.
Era un animal magnífico.
Thor lo observó.
El toro observó a Thor.
La conversación terminó allí.
Cuando Hymir llegó, encontró al dios regresando con la cabeza de su mejor toro.
Durante unos instantes el gigante fue incapaz de hablar.
Thor levantó el cebo.
—Ya tengo uno.
La expresión de Hymir dejó claro que aquello no era exactamente lo que había querido decir.
La barca era resistente, aunque después Thor pensaría que podría haber sido más resistente.
Hymir tomó asiento esperando ocupar los remos, pero Thor se adelantó. Apoyó las manos sobre la madera, acomodó los pies y comenzó a remar.
La embarcación salió disparada.
Hymir tuvo que sujetarse al borde.
Thor remaba con movimientos largos y constantes. Cada vez que hundía las palas, el agua se abría alrededor de ellas y la pequeña embarcación avanzaba sobre el mar como si estuviera huyendo de algo. La costa comenzó a empequeñecerse a sus espaldas.
Pasaron el lugar donde pescaban los hombres.
Thor continuó.
Llegaron a aguas más profundas, donde Hymir solía lanzar sus líneas. El gigante le indicó que redujera la marcha, preparó sus anzuelos y poco después consiguió capturar dos ballenas.
Era una pesca que habría alimentado a una familia durante meses.
Thor ni siquiera pareció impresionado.
Siguió remando.
Hymir miró hacia la costa. Después miró el agua.
—Es suficiente.
Thor hundió otra vez los remos.
—Aquí hay buena pesca —insistió Hymir.
—Para ti.
El gigante observó el horizonte. El mar había cambiado de color y las olas eran ahora más largas. Bajo la embarcación se abría una profundidad que ninguno de los dos podía medir.
—Detente.
Thor siguió remando.
Hymir conocía aquellas aguas y sabía qué existía más allá de sus lugares habituales de pesca. Los hombres podían ignorarlo y los peces podían carecer de inteligencia suficiente para preocuparse, pero los gigantes conservaban historias más antiguas.
En alguna parte bajo ellos descansaba Jörmungandr.
La serpiente rodeaba Midgard con su cuerpo y mantenía su propia cola atrapada entre las fauces. Allí permanecía, escondida bajo una cantidad de agua capaz de aplastar cualquier criatura ordinaria.
Esperando.
Hymir volvió a mirar a Thor.
Entonces comprendió.
—Sabes dónde estamos.
Thor dejó los remos dentro de la barca.
—Sí.
Hymir sintió que algo frío recorría su espalda, y esta vez tenía poco que ver con el viento.
Thor preparó su línea.
No utilizó un anzuelo corriente. Lo que pretendía capturar tampoco era un pez corriente.
Tomó la cabeza de Himinhrjóðr y la aseguró al enorme gancho. Todavía quedaba sangre en la carne cortada, y el olor comenzó a mezclarse con la sal del océano.
Hymir observó lo que hacía.
—Esto es una estupidez.
Thor comprobó el nudo.
—Entonces quédate mirando.
—Sabes lo que vive ahí abajo.
Thor levantó la cabeza.
—Sí.
Fue la forma en que lo dijo lo que preocupó a Hymir.
Thor se puso de pie, sostuvo la línea entre las manos y arrojó el cebo al mar.
La cabeza del toro golpeó la superficie y desapareció.
La cuerda comenzó a correr.
Thor la dejó deslizarse entre sus manos mientras el anzuelo descendía. Atravesó las aguas iluminadas por el sol y continuó hacia regiones cada vez más oscuras. Los peces pequeños se apartaron. Otros mayores se acercaron atraídos por la sangre y huyeron al sentir algo que ellos comprendían mejor que los dioses.
La cabeza siguió descendiendo.
Llegó a la oscuridad.
Allí el océano era distinto.
El mundo de los hombres quedaba muy lejos. Las tormentas eran rumores en la superficie y la luz del sol un recuerdo que jamás alcanzaba aquellas profundidades.
Algo se movió.
Jörmungandr abrió los ojos.
Había aprendido muchas cosas durante los años pasados alrededor de Midgard. Conocía las vibraciones producidas por las ballenas. Reconocía los barcos por el sonido lejano de sus cascos. Podía distinguir una tormenta de un terremoto y sabía cuándo los grandes bancos de peces atravesaban las aguas superiores.
Aquello era diferente.
Sangre.
La serpiente levantó lentamente la cabeza.
La encontró.
Carne.
Hueso.
Un corazón habría reconocido una trampa.
Jörmungandr tenía hambre.
Abrió las fauces.
Y mordió.
La cuerda se tensó con tal violencia que la barca giró sobre el agua.
Hymir cayó contra uno de los costados.
Thor cerró ambas manos alrededor de la línea.
Durante un instante permaneció inmóvil.
Entonces sonrió.
—Te encontré.
Muy abajo, Jörmungandr sintió el hierro clavándose en su boca.
La serpiente se retorció.
El océano respondió.
Una sacudida recorrió la cuerda y Thor tuvo que apoyar una pierna contra el interior de la embarcación. Jörmungandr tiró hacia las profundidades con una fuerza capaz de arrastrar barcos enteros.
Thor tiró hacia el cielo.
La madera comenzó a crujir.
Hymir se incorporó.
—¡Suéltala!
Thor ni siquiera lo miró.
La serpiente volvió a sacudir la cabeza. La cuerda cortó el agua y la embarcación se inclinó peligrosamente. Una ola entró por un costado.
Thor envolvió mejor la línea alrededor de sus manos.
Tiró.
Los músculos de sus brazos se tensaron. Sus hombros parecieron ensancharse y los pies buscaron apoyo contra las tablas del fondo.
Jörmungandr descendió.
Thor volvió a tirar.
La barca crujió.
Entonces ocurrió.
Las tablas cedieron bajo sus pies.
Thor las atravesó.
El agua entró por los agujeros, pero el dios siguió descendiendo hasta encontrar algo firme debajo.
El fondo del mar.
Allí quedó, con el cuerpo atravesando la embarcación y los pies apoyados contra el lecho marino, utilizando la propia tierra como punto de apoyo.
Hymir lo contempló horrorizado.
Thor tiró otra vez.
Esta vez Jörmungandr comenzó a subir.
La serpiente ascendió desde la oscuridad.
Primero atravesó aguas que jamás habían conocido la luz. Después llegó a regiones donde nadaban los grandes peces. Las criaturas huían ante ella mientras su cuerpo se agitaba kilómetros más abajo.
En la superficie, el mar comenzó a hervir.
Hymir vio burbujas.
Después espuma.
Luego algo oscuro giró bajo la barca.
El gigante olvidó las dos ballenas.
Olvidó su toro.
Olvidó incluso que había querido demostrar a Thor quién de los dos conocía mejor el océano.
—Thor...
El dios continuó tirando.
El agua explotó.
Jörmungandr emergió.
Su cabeza apareció junto a la embarcación envuelta en espuma, sangre y agua de mar. Era mucho mayor de lo que Hymir había imaginado. Las escamas brillaban oscuras bajo el cielo y de sus fauces abiertas colgaba la cabeza destrozada del toro.
Veneno y espuma brotaban alrededor del anzuelo.
Thor levantó la mirada.
Y por primera vez se vieron.
El dios del trueno contempló a la Serpiente de Midgard.
Jörmungandr contempló al hijo de Odín.
Algo ocurrió entonces que ninguna profecía había necesitado explicar.
Se reconocieron.
Jörmungandr recordó aquella fuerza que años atrás había tirado de ella desde las profundidades. Aquella mano invisible que la había levantado mientras Thor creía estar luchando contra un gato.
Ahora podía ver al hombre detrás de aquella fuerza.
Thor también comprendió.
Había sentido ese peso.
Había luchado contra él.
Esta vez podía mirar directamente a los ojos de aquello que algún día lo mataría.
Jörmungandr abrió las fauces.
El veneno cayó sobre el agua y siseó.
Thor sostuvo la línea con una mano.
Con la otra buscó Mjölnir.
Hymir vio el martillo.
Vio también a la serpiente.
Después miró la barca, que se estaba llenando de agua.
Para Thor, aquel momento debía de parecer perfecto. Su enemigo estaba frente a él, atrapado por un anzuelo, obligado a mostrar la cabeza. Solo necesitaba levantar Mjölnir y golpear.
Para Hymir, la situación presentaba algunos inconvenientes.
El primero era que estaban en medio del océano.
El segundo era que la Serpiente de Midgard estaba intentando destruir la embarcación.
El tercero era que Thor parecía dispuesto a iniciar el Ragnarök desde un bote de pesca.
—¡Thor!
El dios levantó Mjölnir.
Jörmungandr se retorció.
Hymir sacó su cuchillo.
Thor vio el movimiento demasiado tarde.
El gigante cortó la línea.
La tensión desapareció.
Jörmungandr cayó.
Durante un instante su enorme cabeza permaneció sobre las aguas, y sus ojos continuaron clavados en Thor mientras el océano comenzaba a cerrarse alrededor de ella.
Thor lanzó Mjölnir.
El martillo cruzó el aire.
Golpeó entre agua, espuma y escamas.
El mar rugió.
Después Jörmungandr desapareció.
Solo quedaron olas.
Thor permaneció inmóvil.
Miró el lugar donde la serpiente se había hundido. Luego contempló la cuerda cortada entre sus manos.
Finalmente volvió la cabeza hacia Hymir.
El gigante comprendió que había cometido un error.
Quizá había salvado sus vidas.
Eso importaba poco en aquel momento.
Thor lo golpeó.
Hymir salió despedido de la embarcación y cayó al mar.
Thor respiró profundamente mientras Mjölnir regresaba a su mano.
Después miró alrededor.
La barca estaba medio inundada, las tablas del fondo habían sido atravesadas por sus piernas, Hymir flotaba a cierta distancia y las dos ballenas seguían atadas donde el gigante las había dejado.
Thor contempló el desastre.
Había tenido días mejores.
Las historias discrepan sobre lo que ocurrió exactamente en aquellos instantes.
En el relato que siglos después escribiría Snorri Sturluson, Hymir corta la línea cuando Jörmungandr emerge y Thor lanza su martillo tras la serpiente mientras esta vuelve a hundirse.
La antigua Hymiskviða conserva una versión distinta y más difícil de interpretar. Allí Thor consigue sacar a la serpiente hasta el borde de la embarcación y golpea su monstruosa cabeza con Mjölnir antes de que Jörmungandr regrese al mar. El poema deja algunos detalles en la oscuridad, como hacen con frecuencia las historias que han sobrevivido durante demasiado tiempo.
Quizá eso sea apropiado.
Nadie que estuviera en aquella barca tenía razones para contar la historia del mismo modo.
Hymir habría recordado el miedo.
Thor, la oportunidad perdida.
Jörmungandr, el martillo.
El océano guardó el resto.
Lo único que todas las historias necesitaban conservar era que la serpiente sobrevivió.
Tenía que hacerlo.
Su muerte pertenecía a otro día.
Mucho después, cuando el Ragnarök llegara finalmente, Jörmungandr soltaría su propia cola y abandonaría las profundidades. Su cuerpo se agitaría alrededor de Midgard, el océano avanzaría sobre la tierra y el veneno de la serpiente contaminaría el aire.
Thor acudiría a buscarla.
Aquella vez ningún gigante cortaría la cuerda.
Tampoco habría una barca demasiado pequeña ni una cabeza de toro balanceándose de un anzuelo. El dios del trueno y la Serpiente de Midgard se encontrarían sobre una tierra que estaría terminando.
Thor levantaría Mjölnir.
Jörmungandr atacaría.
Y la profecía se cumpliría.
Thor mataría a la serpiente.
Después se alejaría de su cadáver.
Un paso.
Dos.
Tres.
Continuaría caminando mientras el veneno entraba en su cuerpo.
Seis.
Siete.
Ocho.
Daría el noveno.
Y caería.
Por eso aquella jornada de pesca terminó convirtiéndose en algo mucho mayor que una aventura sobre un dios, un gigante y una captura imposible. Fue un ensayo del fin del mundo, el instante en que dos enemigos destinados a destruirse consiguieron mirarse por primera vez.
Siglos después, hombres que conocían la historia la tallarían en piedra: Thor sujetando la línea, la cabeza del toro convertida en cebo, la serpiente surgiendo desde abajo y el pie del dios atravesando la embarcación.
Tal vez les fascinaba la fuerza de Thor.
Tal vez era la enormidad del monstruo.
O quizá comprendían lo más inquietante de aquella historia.
Thor había salido al mar para buscar a la criatura que algún día lo mataría.
La encontró.
La tuvo frente a él.
Y cuando miró a Jörmungandr a los ojos, levantó el martillo de todos modos.