Historias y cuentos de tradición nórdica
El primer enfrentamiento de Thor y Jörmungandr

Hay encuentros que ocurren por casualidad. Un hombre entra en una taberna la noche equivocada, un rey elige otro camino al regresar de la guerra o una muchacha levanta los ojos en el preciso instante en que alguien pasa bajo su ventana. De esos encuentros nacen amores, enemistades, canciones y, con bastante frecuencia, problemas que nadie había previsto.
Después están los otros. Los encuentros que comienzan mucho antes de que sus protagonistas lleguen a verse, cuando cada uno ignora todavía el rostro del otro y, sin embargo, algo ya los empuja a través del mundo. El encuentro de Thor y Jörmungandr pertenecía a estos últimos.
Durante años, uno caminó sobre la tierra mientras la otra crecía bajo el mar. Entre ambos había montañas, bosques, aldeas, nueve mundos y una cantidad de agua que ningún hombre habría podido imaginar.
Estaban destinados a encontrarse.
Y los dioses, aunque suelen fingir lo contrario, temen al destino más que los hombres.
Thor era hijo de Odín y de Jörð, la Tierra, y aquello explicaba algunas cosas. Su fuerza, por ejemplo. Thor poseía la clase de fuerza que convertía los objetos corrientes en cosas frágiles: una puerta era algo que debía recordar cerrar con cuidado, una jarra requería más delicadeza de la que él consideraba razonable y, cuando abrazaba a un amigo después de una larga ausencia, el amigo solía pasar los siguientes minutos comprobando discretamente que todas sus costillas continuaban donde debían.
También explicaba su temperamento. Las tormentas rara vez piden permiso y Thor compartía con ellas esa costumbre. Tenía barba roja, hombros capaces de llenar una entrada y unas manos que parecían diseñadas para resolver discusiones sin recurrir a argumentos demasiado elaborados. Cuando se enfadaba, quienes lo conocían procuraban que hubiera pocas cosas rompibles a su alrededor.
Pero quienes hablaban únicamente de su fuerza entendían poco de él. Thor era, ante todo, protector. Ese era el detalle que los hombres recordaban cuando llegaban las tormentas, cuando algo enorme bajaba de las montañas o cuando las noches de invierno hacían parecer demasiado pequeña la luz de una casa.
Protegía Midgard y a quienes vivían en él. Vigilaba las fronteras que separaban el mundo conocido de las criaturas que esperaban más allá: gigantes, monstruos y seres antiguos cuyos nombres era preferible pronunciar cerca del fuego. Cuando alguno cruzaba esas fronteras, Thor llevaba consigo Mjölnir.
El martillo terminaría convirtiéndose en algo más que un arma. Los hombres usarían su símbolo alrededor del cuello, los guerreros pronunciarían el nombre de Thor antes de combatir y los campesinos mirarían las nubes pensando en él cuando el cielo rugiera. Pero en aquellos días Thor todavía estaba construyendo su leyenda.
En algún lugar bajo las aguas crecía otra.
Su nombre era Jörmungandr, hija de Loki y de la giganta Angrboða. Tenía un hermano llamado Fenrir y una hermana llamada Hel, lo que, incluso para los estándares de la descendencia de Loki, constituía una familia complicada. Los tres habían llegado al mundo acompañados de profecías, y ninguna prometía nada bueno para los dioses.
Odín había escuchado aquellas profecías, y Odín prestaba mucha atención a cualquier historia relacionada con el futuro. Quizá demasiada. Había aprendido que Fenrir estaría relacionado con su muerte, que Hel gobernaría sobre muchos de los muertos y que Jörmungandr desempeñaría un papel terrible cuando llegara el final de los dioses.
Así que hizo lo que suelen hacer los poderosos cuando reciben una profecía que les disgusta: intentó impedirla.
A Fenrir lo encadenaron. Hel fue enviada lejos, al reino que acabaría llevando su nombre. A Jörmungandr, Odín la tomó y la arrojó al océano que rodeaba Midgard.
Tal vez pensó que el mar resolvería el problema. Después de todo, el mar tiene fama de tragarse cosas: barcos, hombres, coronas, ejércitos y secretos. Muchas cosas entran en él y jamás regresan.
Pero el mar hizo algo distinto con Jörmungandr.
La alimentó.
La serpiente descendió hacia aguas negras donde la luz desaparecía y el frío parecía pertenecer a una época anterior al nacimiento del sol. Allí encontró peces, oscuridad y, sobre todo, espacio. El océano que Odín había elegido como prisión le ofreció exactamente aquello que necesitaba para crecer.
Y creció.
Pasaron los años mientras Jörmungandr se adentraba en profundidades donde ninguna red humana podía alcanzarla. Aprendió las corrientes y las mareas, conoció el movimiento de los grandes bancos de peces y escuchó el extraño lenguaje de las ballenas viajando a distancias imposibles. Muy por encima de ella, los barcos de los hombres parecían insectos arañando la superficie de otro mundo.
Continuó creciendo hasta que hubo lugares donde su cuerpo se extendía más allá de cuanto podía percibir. Cruzó abismos submarinos, descansó sobre fondos que jamás habían conocido el día y sintió las tormentas únicamente como una lejana agitación en las aguas superiores.
Finalmente, su cuerpo rodeó Midgard.
Allí, en algún lugar de aquella inmensidad, encontró algo conocido. Jörmungandr abrió las fauces y atrapó su propia cola.
El mundo quedó dentro de su círculo.
Los hombres jamás lo supieron. Pescaban sobre ella, navegaban sobre ella, comerciaban, se enamoraban y guerreaban mientras, kilómetros más abajo, una criatura nacida de Loki rodeaba las costas de su mundo. La llamaron Miðgarðsormr, la Serpiente de Midgard, y las profecías dijeron que permanecería allí hasta el día en que soltara su cola.
Ese día tendría otro nombre.
Ragnarök.
Entonces Jörmungandr abandonaría las profundidades. El mar invadiría la tierra, su veneno alcanzaría el aire y alguien acudiría a enfrentarse con ella.
Thor.
Las profecías eran bastante específicas en ese punto. El dios del trueno mataría a la serpiente y después se alejaría de su cadáver. Daría un paso, luego otro, hasta completar nueve. Tras el noveno caería muerto, vencido por el veneno de la criatura que acababa de matar.
Así estaban unidos. Thor era la muerte de Jörmungandr y Jörmungandr era la muerte de Thor.
Hay cierta intimidad terrible en saber que alguien ha nacido para matarte.
Thor conocía la profecía, aunque hablaba poco de ella. Prefería los problemas que podían golpearse. Un gigante podía derribarse, una muralla podía romperse y una criatura podía recibir a Mjölnir entre los ojos. El futuro era más escurridizo. Golpear una profecía con un martillo resulta difícil, incluso cuando el martillo es Mjölnir.
Jörmungandr, mientras tanto, esperaba.
Bajo el agua resulta fácil aprender paciencia. En la superficie los hombres cuentan los años mediante cosechas, inviernos, nacimientos y funerales. En las profundidades existe otro reloj: corrientes que cambian, migraciones que regresan, aguas que se enfrían y vuelven a calentarse, largos periodos de oscuridad y hambre.
Durante mucho tiempo, Thor y la serpiente permanecieron separados. El dios caminaba bajo el cielo mientras Jörmungandr descansaba bajo el mar, y ninguno conocía todavía los ojos del otro.
Thor escuchaba historias. Los marineros hablaban de sombras demasiado grandes bajo sus barcos. Pescadores encontraban peces mutilados de formas extrañas y alguno juraba haber visto algo moverse bajo las olas durante una tormenta, algo tan grande que confundió su espalda con una isla.
Los demás se reían.
Los hombres suelen hacer eso cuando una historia les asusta más de lo que desean admitir.
Thor también reía.
Hasta que un día viajó a Jötunheim.
Allí gobernaba Útgarða-Loki, un gigante famoso por su poder y por un talento todavía más peligroso: disfrutaba haciendo que otros parecieran estúpidos. Thor llegó a su fortaleza acompañado por Loki y sus compañeros después de un viaje que ya había puesto a prueba su paciencia, y Útgarða-Loki los recibió con la peculiar hospitalidad de los gigantes.
Les ofreció comida, bebida y humillación.
Hubo desafíos. Loki compitió comiendo contra un adversario imposible. Þjálfi intentó demostrar su velocidad en una carrera. Thor, por su parte, recibió un enorme cuerno para beber y escuchó que un buen bebedor podía vaciarlo de un solo trago.
Aquello le pareció sencillo.
Thor bebió.
Cuando apartó el cuerno, esperaba encontrarlo vacío. El nivel había descendido muy poco.
Los gigantes rieron.
Thor observó el recipiente, volvió a llevárselo a los labios y bebió durante más tiempo. Cuando terminó, respiró profundamente y miró dentro.
Todavía quedaba demasiado.
Las risas aumentaron.
Al tercer intento Thor bebió hasta que el pecho comenzó a dolerle. Tragó una cantidad que habría dejado a varios hombres tendidos en el suelo, pero cuando finalmente bajó el cuerno, aún había líquido en su interior.
Útgarða-Loki sonreía.
Thor dejó el recipiente sobre la mesa.
Lo hizo con cuidado.
Eso debería haber preocupado a todos.
—Dame otra prueba —dijo.
Útgarða-Loki lo contempló desde su asiento y fingió pensar.
—Hay un juego que practican los niños de mi casa.
Thor recorrió el salón con la mirada. Algunos gigantes ya estaban intentando contener la risa.
—¿Un juego de niños?
—Quizá sea más adecuado para ti.
Thor sonrió, y quienes lo conocían habrían reconocido que aquello era bastante peor que verlo enfadado.
—Enséñamelo.
Útgarða-Loki hizo un gesto hacia uno de sus sirvientes.
—Traed el gato.
Las carcajadas llenaron el salón.
Entonces apareció un gato grande y gris que caminó hacia el centro con la tranquilidad de una criatura convencida de que todos los presentes existían únicamente para su comodidad. Se detuvo, observó a Thor durante un instante y pareció encontrarlo poco interesante.
Thor miró al gato. Después miró a Útgarða-Loki.
—¿Esto?
—Esto.
Thor soltó una carcajada y se inclinó. Pasó una mano bajo el vientre del animal y levantó.
El gato arqueó la espalda.
Thor aplicó más fuerza.
Las risas continuaron unos instantes, pero comenzaron a perder entusiasmo. El animal se estiraba de una forma extraña y, aunque Thor tiraba de él, sus patas seguían tocando el suelo.
Thor cambió la posición de los pies. Sus dedos se cerraron alrededor del animal, los músculos de sus brazos se tensaron y la sonrisa desapareció de su rostro.
Empujó hacia arriba.
El suelo crujió bajo sus botas.
El gato siguió arqueándose.
Thor sintió entonces algo extraño. Conocía el peso: había levantado rocas mayores que casas, derribado gigantes y arrastrado cosas que habrían requerido decenas de hombres. Aquello era diferente. Era como intentar levantar una montaña agarrándola por una raíz.
Apretó los dientes y volvió a tirar.
Mjölnir colgaba de su cinturón. Los tendones de su cuello parecieron cuerdas y el rojo de su rostro comenzó a competir con el de su barba.
El gato empezó a elevarse.
Una de sus patas abandonó el suelo.
Solo una.
En el salón nadie se rio.
Útgarða-Loki se inclinó hacia delante.
Porque en aquel mismo momento, muy lejos de su fortaleza, el océano se movió.
En algunas costas el agua retrocedió de las playas. Los pescadores levantaron la cabeza y vieron cómo sus embarcaciones descendían con una marea que nadie esperaba. En otros lugares, las olas cambiaron de dirección y las ballenas interrumpieron sus cantos.
Algo enorme estaba siendo arrancado de su descanso.
En las profundidades, Jörmungandr abrió los ojos.
Sintió una fuerza imposible tirando de su cuerpo.
Durante años había permanecido alrededor de Midgard, abrazando el mundo entre sus anillos. Había conocido tormentas, terremotos y el peso de océanos enteros sobre su espalda, pero aquello era distinto.
Alguien estaba intentando levantarla.
Jörmungandr se tensó.
En Jötunheim, Thor gruñó y volvió a tirar.
El gato levantó otra pata.
Útgarða-Loki perdió la sonrisa.
Thor estaba demasiado furioso para darse cuenta.
Durante un instante, el dios del trueno y la Serpiente de Midgard lucharon el uno contra el otro sin saberlo. Entre ellos se extendían magia, océanos y la mentira de un gigante, pero la fuerza era real. Thor tiraba hacia arriba mientras Jörmungandr resistía desde las profundidades, y el mundo entero parecía haberse convertido en la cuerda de aquel extraño juego.
Thor hizo un último esfuerzo.
El gato se arqueó hasta una altura imposible.
Después el dios lo soltó.
El animal cayó suavemente al suelo, se estiró, se lamió una pata y se alejó con esa dignidad insultante que los gatos parecen poseer incluso cuando han estado a punto de alterar el equilibrio del mundo.
Thor respiraba con fuerza.
—Un gato —murmuró.
Útgarða-Loki guardó silencio.
Thor creyó que había fracasado. Imaginó que los gigantes recordarían aquella noche como la ocasión en que el gran hijo de Odín, portador de Mjölnir y azote de los jötnar, había sido incapaz de levantar un animal doméstico.
La verdad era bastante distinta.
Útgarða-Loki se la reveló más tarde, cuando Thor y sus compañeros abandonaban la fortaleza. Admitió que los desafíos habían sido engaños y que cada uno ocultaba algo mucho mayor de lo que parecía. El cuerno del que Thor había bebido estaba conectado con el océano. Había tragado tanta agua que el nivel del mar había descendido, y de aquella hazaña nacería la explicación de las mareas.
Thor escuchó en silencio.
Entonces recordó el gato.
—¿Y el animal?
Útgarða-Loki tardó en responder. Quizá porque incluso él encontraba difícil admitir lo que había ocurrido.
—Aquello que intentaste levantar era Jörmungandr.
Thor dejó de caminar.
—¿La serpiente?
—La Serpiente de Midgard.
El viento cruzó el espacio entre ambos.
Útgarða-Loki miró al dios con una expresión en la que quedaba poco de la burla de aquella noche.
—Rodea el mundo entero. Su cuerpo descansa en el océano y mantiene su propia cola entre las fauces. Cuando vi que levantabas una de sus patas, sentí miedo, Thor. Porque lo que estabas levantando era una parte de la serpiente fuera del mar.
Thor miró hacia el horizonte.
Por primera vez comprendió que ya había tocado a la criatura destinada a matarlo.
Sin verla.
Sin Mjölnir en la mano.
Sin saber siquiera que estaba allí.
Muy lejos, bajo kilómetros de agua, Jörmungandr volvía a acomodar su inmenso cuerpo alrededor de Midgard. Las corrientes se cerraban sobre ella y la oscuridad regresaba poco a poco, pero algo había cambiado.
También la serpiente había sentido al dios.
Todavía desconocía su rostro y jamás había contemplado el rojo de su barba ni visto el relámpago reflejado sobre Mjölnir. Ignoraba qué manos habían poseído fuerza suficiente para arrancar parte de su cuerpo de las profundidades.
Pero conocía aquella fuerza.
Y la recordaría.
Thor también.
La próxima vez sería diferente. Habría un barco pequeño sobre un mar demasiado profundo, un gigante llamado Hymir y la cabeza ensangrentada de un gran buey utilizada como cebo. Thor lanzaría un anzuelo hacia la oscuridad y algo, muy abajo, abriría los ojos.
Entonces Jörmungandr mordería.
Entonces Thor tiraría de la cuerda.
Y por primera vez, el dios del trueno y la criatura destinada a matarlo se mirarían a los ojos.
Pero aquella es otra historia.
Esta fue la primera vez que se tocaron.
Y ninguno de los dos olvidó al otro.