Relatos contemporáneos e independientes
Gëlle Fra
Una historia sobre la memoria, la libertad y la mujer dorada que contempla Luxemburgo.

Hay historias que empiezan con un nacimiento.
Esta no.
Esta empieza con una caída.
Pero para contar bien cómo cayó la mujer dorada de Luxemburgo, primero tendría que explicaros por qué estaba allí arriba. Y para explicar eso tendría que hablaros de una guerra. Y antes de hablaros de aquella guerra tendría que explicaros algo acerca de los luxemburgueses.
Y eso nos llevaría toda la noche. Así que será mejor empezar por la cuerda.
Era una cuerda gruesa.
No sé quién la fabricó. Tampoco sé quién la llevó aquella mañana hasta la plaza. Los libros que recuerdan nombres de generales, ministros y gobernadores tienen la mala costumbre de olvidar quién fabrica las cuerdas. Pero aquella cuerda estuvo allí.
Los hombres la ataron alrededor de la mujer dorada y tiraron.
La mujer no cayó.
Volvieron a tirar.
Nada.
Aquello resultaba incómodo, porque los hombres que habían ordenado derribarla pertenecían a esa clase de hombres que consideran una ofensa personal que las cosas no caigan cuando ellos lo mandan. Así que trajeron más hombres, mejores herramientas y volvieron a tirar.
Pero la mujer llevaba casi veinte años contemplando Luxemburgo desde lo alto de su columna, y quizá después de tanto tiempo había aprendido algo de la gente que vivía debajo. Los luxemburgueses son difíciles de mover cuando han decidido quedarse.
Y aquella mujer, al parecer, también.
Naturalmente, al final cayó.
Todas las cosas caen. Los reinos. Las banderas. Los hombres. Incluso las mujeres hechas de bronce y cubiertas de oro.
Pero estoy adelantándome.
Os dije que esta historia empezaba con una caída. No dije que aquella fuese la primera.
Todo había empezado veintiséis años antes.
En 1914.
Aunque, como ocurre con casi todas las historias que empiezan con una guerra, seguramente había empezado mucho antes. Las guerras tienen esa mala costumbre. Uno señala una fecha en el calendario y dice: «Aquí. Aquí comenzó todo». Es una manera cómoda de ordenar los libros.
La historia rara vez tiene la cortesía de ser tan sencilla. Pero 1914 nos servirá.
Por aquel entonces Luxemburgo era un país pequeño. Muy pequeño. Tan pequeño que los hombres que dibujaban mapas podían cubrirlo casi por completo con la punta de un dedo. Y, como sucede a menudo con los países pequeños, estaba rodeado de vecinos considerablemente más grandes que él.
Luxemburgo era neutral.
Eso estaba escrito en tratados, firmado por hombres importantes y garantizado por otros hombres todavía más importantes. Había sellos, firmas y palabras solemnes que aseguraban que nadie llevaría una guerra hasta sus fronteras.
El papel es una cosa extraordinaria. Puede contener una promesa. Puede contener una ley. Puede contener incluso la palabra neutralidad.
Lo único que no puede hacer es detener a un ejército.
El 2 de agosto de 1914, los soldados alemanes cruzaron la frontera.
Llegaron por caminos y ferrocarriles. Llegaron con uniformes, caballos, fusiles y órdenes escritas en otros papeles. Y antes de que aquel pequeño país pudiera comprender del todo lo que estaba ocurriendo, la guerra ya estaba dentro de él.
Luxemburgo protestó. Alemania explicó.
Los países grandes suelen tener explicaciones muy largas para las cosas que hacen a los pequeños.
Dijeron que era necesario. Dijeron que sería temporal. Dijeron que respetarían al país. Y quizá algunas de aquellas palabras fueran sinceras.
Eso es lo peligroso de ciertas palabras: pueden ser sinceras y seguir sin servir de nada.
Durante cuatro años, Luxemburgo permaneció ocupado.
No fue convertido oficialmente en una provincia alemana. Conservó su gobierno, sus instituciones y buena parte de su vida cotidiana. Los trenes siguieron llegando. Las campanas continuaron marcando las horas. Los panaderos siguieron levantándose antes del amanecer y los niños siguieron creciendo, porque incluso durante las guerras alguien tiene que hacer pan y los niños nunca han aprendido a esperar a que los adultos arreglen el mundo.
Pero había soldados extranjeros en las calles. Y aquello bastaba.
Porque una ocupación no necesita entrar en todas las casas para hacerse sentir dentro de ellas.
Algunos luxemburgueses decidieron marcharse. No fueron muchos. Unos pocos centenares al principio. Después más.
Cruzaron fronteras y buscaron la manera de llegar hasta Francia. Algunos eran casi muchachos. Otros tenían trabajos, familias, prometidas o madres que probablemente habrían preferido que demostrasen su patriotismo de una forma bastante menos peligrosa.
Pero fueron. Y se presentaron voluntarios para combatir.
Como Luxemburgo era neutral y no podía declarar aquella guerra como propia, aquellos hombres tuvieron que hacer algo extraño: luchar por su país bajo la bandera de otro.
Muchos terminaron en las filas francesas. Con el tiempo fueron alrededor de tres mil.
Tres mil.
Es una cifra pequeña si uno está contando ejércitos. En aquellos años Europa aprendió a contar hombres por millones: un millón aquí, medio millón allá, cien mil muertos en una ofensiva, diez mil en una mañana. Cuando se cuentan suficientes muertos, tres mil hombres parecen poca cosa.
Pero los números tienen esa desagradable costumbre de ocultar lo que contienen.
Tres mil hombres son tres mil nombres. Tres mil camas que amanecieron vacías. Tres mil madres esperando cartas. Tres mil pares de botas. Tres mil personas que, en algún momento, tuvieron miedo.
Y no todos volvieron. Algunos quedaron en Francia. Otros regresaron sin una pierna, sin un brazo o con heridas que nadie podía ver. Y algunos volvieron aparentemente enteros, que a veces es otra manera de regresar roto.
La guerra terminó en 1918. Al menos eso dijeron.
Sonaron campanas. Hubo banderas. Los soldados comenzaron a volver a casa y los políticos pronunciaron discursos acerca de la paz.
Europa hizo lo que siempre hace después de destruirse: se sentó alrededor de grandes mesas para decidir qué significaba todo aquello.
Y en Luxemburgo surgió una pregunta mucho más sencilla.
¿Qué hacemos con nuestros muertos?
No era una pregunta sobre cadáveres. Los muertos ya tenían tumbas. Era una pregunta sobre la memoria.
Porque una tumba puede guardar a un hombre. Pero no siempre puede guardar lo que ese hombre significó.
En diciembre de aquel año se reunió un grupo de personas con una idea. Querían construir un monumento. Algo que permaneciera. Algo que dijera que aquellos hombres habían existido. Que habían cruzado una frontera por voluntad propia. Que habían combatido.
Que algunos habían muerto. Y que Luxemburgo no pensaba olvidarlos.
Pero había algo más. Siempre hay algo más cuando los hombres construyen monumentos.
Porque las estatuas hablan incluso cuando nadie les da voz.
Y aquella debía decir también otra cosa. Debía decir que Luxemburgo seguía allí.
Cuatro años de ocupación no lo habían convertido en otra cosa. No había desaparecido. No había olvidado su nombre.
Era pequeño, sí. Pero seguía siendo suyo.
El problema era que los monumentos cuestan dinero. Y Luxemburgo acababa de salir de una guerra. Así que hicieron algo apropiado para un país pequeño.
No buscaron a un solo hombre rico. Buscaron a muchos hombres pobres. Hubo colectas.
Se colocaron cajas para recibir monedas. Llegaron donaciones desde pueblos y ciudades. Personas que probablemente jamás verían sus nombres grabados en piedra entregaron unas monedas para que otros nombres no fueran olvidados.
También se imprimieron sellos especiales.
Aquello siempre me ha parecido apropiado. Un sello es una cosa diminuta y cabe en la punta de dos dedos. Viaja pegado a una carta, cruza ciudades y fronteras llevando noticias de una persona a otra.
Durante un tiempo, aquellos pequeños pedazos de papel ayudaron a pagar algo que debía durar mucho más que cualquier carta.
Moneda a moneda. Sello a sello. Carta a carta. El dinero fue reuniéndose.
Y entonces apareció una nueva pregunta. Una bastante más difícil.
¿Qué forma debía tener el recuerdo?
Podían levantar una cruz. Podían construir una columna.
Podían esculpir un soldado con uniforme y fusil, mirando eternamente hacia alguna batalla que ya había terminado.
Pero alguien decidió convocar un concurso.
Era 1920. Llegaron dieciocho propuestas.
Dieciocho maneras distintas de recordar a los muertos. Dieciocho respuestas para una pregunta que quizá no tenía respuesta.
Entre ellas había una presentada por un escultor luxemburgués llamado Claus Cito.
Su propuesta tenía un nombre sencillo:
À nos braves.
A nuestros valientes.
Cito había imaginado dos soldados. Uno había caído. El otro permanecía junto a él.
No había gloria en ellos. No había una carga heroica. No había un enemigo derrotado bajo sus botas.
Uno estaba muerto. El otro seguía vivo.
A veces esa es toda la diferencia que deja una guerra.
Pero sobre ellos, muy por encima de ambos, Cito colocó una columna.
Y en lo alto de aquella columna puso a una mujer. No una reina, ni una gran duquesa Luxemburguesa.
No una santa. Era una mujer.
La hizo alta y esbelta. Le dio los brazos extendidos y puso entre sus manos una corona de laurel. Después decidió cubrirla de oro.
No sé si Cito comprendió entonces lo que acababa de crear.
Probablemente no. Los artistas rara vez tienen tanta suerte.
Seguramente pensó que estaba haciendo un monumento para recordar una guerra que había terminado.
No podía saber que aquella mujer contemplaría otra. No podía saber que un día llegarían hombres que la odiarían sin haberla conocido. Que atarían cuerdas alrededor de su cuerpo.
Que intentarían arrancarla del cielo. Que caería.
Que alguien recogería un pedazo de ella entre los escombros y se lo guardaría en un bolsillo.
Que desaparecería durante décadas.
Y mucho menos podía saber que, muchos años después, otros hombres tendrían que buscarla.
Todo eso vendría después.
En aquel momento era solamente una mujer dibujada sobre un papel.
Todavía no era dorada ni estaba sobre la ciudad.
Todavía no tenía nada que recordar.
Y, sobre todo, todavía no había aprendido a caer.
La preparación:
Antes de convertirse en bronce, fue barro. Esto también me parece apropiado.
Porque tendemos a imaginar que los monumentos nacen siendo monumentos. De piedra, de mármol, de bronce. Sólidos. Terminados. Con esa expresión solemne que parece asegurar que siempre estuvieron allí.
Pero no. También ellos empiezan siendo cosas frágiles.
Cito modeló primero las figuras en arcilla, en su taller de Bascharage.
Un poco más aquí. Un poco menos allá. Un rostro apareciendo lentamente donde antes no había más que una masa húmeda.
Primero los soldados. Uno muerto. El otro inclinado junto a él.
Después, la mujer.
Y aquí encontramos uno de esos pequeños misterios que la historia, de vez en cuando, tiene la amabilidad de dejarnos.
No sabemos quién era ella. Quiero decir quién era realmente.
No sabemos si una mujer entró alguna mañana en el taller de Claus Cito, dejó el abrigo sobre una silla y permaneció quieta mientras él estudiaba su rostro.
No sabemos si era joven. Si tenía el cabello claro u oscuro. Si se aburría durante las largas sesiones. Si hablaban mientras trabajaba.
Ni siquiera sabemos con certeza si hubo una modelo.
Tal vez Cito tomó los ojos de una mujer, la boca de otra y el recuerdo de una tercera.
Tal vez aquel rostro solamente existía en su cabeza.
O quizá hubo una mujer de carne y hueso que un día posó para él y regresó después a su vida sin imaginar que, durante el siguiente siglo, millones de personas levantarían la cabeza para contemplar algo de ella.
La historia ha olvidado su nombre. Si alguna vez lo supo.
Cuando terminó con el barro, llegaron los moldes y el yeso.
Después las figuras viajaron a Bruselas, donde la Compagnie des Bronzes hizo lo que los fundidores llevan haciendo desde hace miles de años: entregar una cosa al fuego para que salga convertida en otra.
El barro se volvió bronce. Lo frágil se hizo resistente.
Y la mujer sin nombre comenzó a adquirir el cuerpo con el que todos acabarían conociéndola.
Medía unos tres metros y treinta centímetros.
No parece demasiado cuando uno lo dice así. Tres metros y treinta.
Pero colocad a una mujer de ese tamaño encima de un obelisco de unos veintiún metros y la cuestión cambia.
Desde allí arriba podría verse desde lejos. Y ella, si las estatuas pudieran hacer semejante cosa, también podría ver lejos.
Cito le dio los brazos extendidos. Entre las manos colocó una corona de laurel.
Victoria. Honor. Gloria.
Es curioso cuánto significado somos capaces de colocar dentro de un círculo de hojas.
Después la cubrieron de oro. Y así nació la mujer dorada.
Pero sería un error pensar que ella era todo el monumento.
Era solamente la parte que miraba al cielo. Abajo estaban los hombres.
Dos soldados de bronce. Uno yacía muerto. El otro permanecía junto a él.
No hacía falta escribir demasiado para explicar aquello.
Cualquiera que hubiera vivido entre 1914 y 1918 sabía lo que significaba un hombre tendido en el suelo y otro que todavía podía mirarlo.
Arriba estaba el oro. Abajo, el bronce.
Arriba, la corona. Abajo, el cadáver.
Arriba, la victoria. Abajo, el precio que se había pagado por ella.
Tal vez por eso Cito colocó a la mujer tan alto.
La paz siempre parece estar mucho más lejos que los muertos.
La construcción
Las obras comenzaron a finales de diciembre de 1921.
Y casi inmediatamente descubrieron que construir algo destinado a permanecer para siempre es considerablemente más complicado que dibujarlo sobre un papel.
El lugar elegido era la Place de la Constitution. Era un buen sitio. Desde allí el monumento dominaría el valle de la Pétrusse, se vería desde distintos puntos de la ciudad y la mujer dorada podría elevarse sobre Luxemburgo como una pequeña llama inmóvil.
Había, sin embargo, un problema. Debajo de sus pies estaba el pasado.
La plaza se encontraba sobre las antiguas fortificaciones de la ciudad, en la zona del bastión Beck. Luxemburgo había sido durante siglos una fortaleza formidable. Tantos ejércitos habían deseado sus murallas que la ciudad había terminado acumulando piedra sobre piedra, túnel bajo túnel y defensa sobre defensa.
Y aunque muchas fortificaciones habían desaparecido de la superficie, la tierra tiene mejor memoria que los hombres.
Cuando los obreros comenzaron a excavar, encontraron estructuras antiguas bajo sus pies: muros, restos, vacíos donde esperaban encontrar tierra firme.
La cimentación prevista ya no bastaba. Había que excavar más. Reforzar más. Gastar más.
Siempre ocurre así. Primero alguien dice:
—Construiremos un monumento.
Después llega un hombre con herramientas, mira el suelo y responde:
—Costará más.
La ciudad terminó pagando aquellos gastos adicionales y el proyecto original tuvo que cambiar.
Cito había imaginado incluso agua alrededor del monumento, un estanque que habría reflejado la columna y la mujer dorada. Habría sido hermoso. Pero la belleza, como casi todo, tiene un presupuesto.
El estanque desapareció de los planos. En su lugar habría flores. Quizá fue mejor así.
El agua refleja las cosas. Las flores las acompañan cuando mueren.
Durante 1922 el monumento comenzó a elevarse. Piedra sobre piedra. Metro sobre metro. Hasta que el obelisco estuvo allí.
Pero antes de terminarlo hicieron algo extraño. Algo que casi nadie que pasara después por aquella plaza podría ver.
El 30 de noviembre de 1922 se reunieron junto a los cimientos. Habían preparado documentos y diversos objetos. Los colocaron dentro de una caja y después enterraron aquella caja bajo el monumento.
Una pequeña memoria escondida debajo de otra mucho más grande.
Aquello tampoco era nuevo. Los hombres llevan siglos enterrando cosas bajo los edificios importantes: monedas, nombres, periódicos, cartas, documentos. Pequeñas pruebas destinadas a personas que todavía no han nacido.
Es una costumbre extraña cuando se piensa en ella. Construimos algo porque queremos que el futuro nos recuerde. Y después escondemos debajo una caja por si acaso no lo consigue.
La caja desapareció bajo la piedra. Nadie podía saber entonces lo importante que sería haberla escondido allí, porque llegaría un día en que unos hombres intentarían borrar lo que aquel monumento significaba.
En diciembre llegó el día de levantar a la mujer. Hasta entonces había permanecido cerca del suelo, un lugar extraño para alguien destinada a pasar su vida en el cielo.
Hubo que preparar cuerdas y aparejos. Los hombres comprobaron los amarres mientras otros observaban desde abajo. Y poco a poco, muy lentamente, la mujer dorada comenzó a elevarse. Primero unos centímetros, después un metro. Después más.
Sus pies abandonaron el suelo. Su cuerpo pasó junto a la piedra. Subió por encima de las cabezas de los trabajadores, por encima de la plaza y de los árboles, hasta alcanzar la parte superior del obelisco.
No sabemos qué dijeron los hombres mientras la veían subir. Tal vez alguno hizo una broma. Siempre hay alguien que hace una broma cuando los demás contienen la respiración. Tal vez otro temió que una cuerda se rompiera. Quizá Claus Cito estaba allí mirando cómo aquella figura que había comenzado como barro entre sus dedos se convertía en algo que ya no le pertenecía.
Porque eso ocurre con ciertas obras. Un hombre las crea y después todo el mundo se apropia de ellas.
Finalmente la mujer llegó arriba. La fijaron y retiraron las cuerdas.
Y por primera vez quedó sola sobre Luxemburgo. Dorada, con los brazos extendidos, sosteniendo su corona, mirando hacia la ciudad.
Conviene recordar las cuerdas.
Volverán a aparecer en esta historia. Pero las próximas no estarán allí para levantarla.
En mayo de 1923 llegaron los soldados. Los colocaron abajo, junto al pedestal: uno muerto, el otro velándolo. Y finalmente el dibujo de Claus Cito quedó completo.
Muerte abajo y esperanza arriba. Los hombres en la tierra y la mujer en el cielo.
Ya solamente faltaba una cosa: que Luxemburgo la hiciera suya.
Eso ocurrió el 27 de mayo de 1923, aunque, en realidad, comenzó la víspera.
El sábado por la noche hubo música en pueblos y ciudades de todo el país: bandas, conciertos y canciones patrióticas. Durante unas horas aquel pequeño territorio pareció llenarse de música. Era una forma de preparar el día siguiente, o quizá de recordar a quienes no estarían allí para verlo.
A la mañana siguiente se celebró primero una ceremonia ante el monumento al Soldado Desconocido del cementerio de Notre-Dame. Había nombres conocidos entre los muertos y había muertos cuyos nombres se habían perdido.
Los países necesitan recordar a ambos.
Después llegó la tarde. Las calles comenzaron a llenarse. Vinieron bandas de música, coros, asociaciones deportivas, bomberos, representantes de organizaciones de todo tipo, personas de la ciudad y personas llegadas de otros lugares. Marcharon hacia la Place de la Constitution.
Hubo uniformes, banderas, instrumentos brillando bajo la luz y pasos marcados sobre las calles. Se depositaron coronas, sonaron salvas. La música descendió hacia el valle de la Pétrusse y regresó convertida en eco.
Y por encima de todos ellos estaba ella: la mujer dorada.
Quizá algunos de los presentes habían dado dinero para construirla. Quizá alguien reconoció en los soldados de bronce la postura de un hermano que no había regresado. Quizá una madre levantó la cabeza y pensó en un hijo enterrado en Francia.
Eso no figura en los documentos. Los documentos son buenos guardando fechas. Son bastante peores guardando silencios, penas, recuerdos y lágrimas.
Aquel día inauguraron oficialmente el Monument du Souvenir. Pero los nombres oficiales tienen un problema: son demasiado largos para el cariño.
La gente encontró uno mejor.
La llamaron Gëlle Fra. La Mujer Dorada.
Y así empezó su segunda vida.
Los primeros años
Durante los años siguientes estuvo allí.
Eso puede parecer poca cosa, pero no lo es.
Estuvo allí cuando amanecía, cuando nevaba y durante los veranos. Vio cambiar las modas y los automóviles, y a los niños convertirse en adultos. Vio a esos adultos encanecer. Vio funerales, desfiles, celebraciones y discursos.
Cada año la gente regresaba a sus pies. Se depositaban flores, se pronunciaban nombres y se recordaba a los muertos.
Y poco a poco ocurrió algo que nadie había decidido oficialmente.
La Gëlle Fra dejó de pertenecer solamente a los hombres de 1914. Empezó a significar Luxemburgo.
No el Luxemburgo de los mapas ni el de los tratados, sino algo más difícil de definir: independencia, libertad, memoria. La obstinada idea de que un país pequeño sigue siendo un país.
Durante diecisiete años permaneció allí arriba, a lo largo de diecisiete inviernos y diecisiete primaveras. La gente terminó acostumbrándose a verla.
Y esa es quizá la forma más profunda en que una cosa puede convertirse en parte de un lugar: dejas de mirarla. Simplemente sabes que está allí.
Hasta que un día alguien intenta quitártela.
La Segunda Guerra Mundial
En la primavera de 1940 Europa estaba otra vez en guerra.
Otra vez.
Otra guerra, otros uniformes, otros discursos, otros hombres convencidos de que esta vez todo sería diferente.
La mujer dorada continuaba sobre su columna. Habían pasado veintisiete años desde aquella primera guerra y los muchachos que habían sobrevivido ya no eran muchachos. Los niños que habían asistido a la inauguración eran ahora hombres y mujeres adultos.
Y Alemania había cambiado.
Mucho.
El 10 de mayo de 1940, antes de que buena parte de Luxemburgo hubiera terminado de desayunar, los soldados alemanes cruzaron otra vez la frontera.
La neutralidad seguía escrita en los tratados. Los tratados seguían siendo de papel.
Y los tanques, como probablemente podéis imaginar, no.
La Gëlle Fra los vio llegar desde lo alto. No podía saber lo que significaba aquello. Las estatuas no saben esas cosas.
Pero si las estatuas pudieran recordar, quizá habría reconocido algo familiar en la imagen de los soldados alemanes cruzando de nuevo Luxemburgo.
Entre todos los edificios, plazas, puentes y monumentos de Luxemburgo, había pocos que aquellos hombres acabarían odiando tanto como a aquella mujer.
Porque los vencedores pueden soportar muchas cosas. Lo que soportan bastante peor es que alguien les recuerde una ocasión en la que perdieron.
Y la mujer dorada llevaba diecisiete años recordándoselo al mundo, con los brazos abiertos y desde veintiún metros de altura.
Y además cubierta de oro, como si estuviera empeñada en fastidiarlos.
Era demasiado visible para ignorarla, demasiado querida para dejarla allí y demasiado pesada para retirarla discretamente.
Su desmontaje:
Un día llegaron hombres a la plaza. Traían herramientas y cuerdas.
¿Recordáis las primeras?
Las que habían utilizado para elevarla en 1922. Pues estas tenían exactamente el propósito contrario.
¿Que había pasado para llegar a ese punto?
El desmontaje comenzó en octubre de 1940, aunque «desmontaje» era una palabra demasiado amable para lo que pretendían hacer. Los gobiernos sienten una especial predilección por ese tipo de palabras: no destruyen, desmontan; no borran, corrigen; no obligan, ordenan. Pero la gente de Luxemburgo sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo. Querían hacer caer a la mujer dorada.
Y no resultó sencillo.
La Gëlle Fra llevaba casi dieciocho años en lo alto del monumento. Había soportado lluvia, nieve, viento y heladas; había visto pasar funerales, desfiles, discursos y generaciones enteras de niños que crecían bajo su sombra. Los primeros intentos para retirarla fracasaron. Hubo problemas con las cuerdas, con las herramientas y, sobre todo, con los hombres encargados de realizar el trabajo.
Algunas empresas encontraron razones para no participar: faltaba equipo, faltaban medios, existían dificultades técnicas. Siempre aparecen muchas dificultades técnicas cuando nadie quiere hacer una cosa.
Pero las órdenes continuaron llegando y, con ellas, nuevos hombres, mejores herramientas y más cuerdas. Tiraron una vez y la mujer permaneció arriba. Volvieron a intentarlo y apenas se movió.
Puede que alguien sonriera entonces, aunque seguramente no lo hizo de manera visible. 1940 no era un buen año para sonreír delante de ciertos hombres. Sin embargo, debía de haber algo profundamente satisfactorio en contemplar cómo un ejército que había cruzado la frontera en unas horas era incapaz de hacer descender a una mujer que ni siquiera estaba viva.
Al final lo consiguieron.
La estatua cedió y comenzó a caer, pero no lo hizo limpiamente. Su cuerpo chocó contra el obelisco durante el descenso y el golpe dañó gravemente el cuello y los pies. Después llegó al suelo. La mujer que durante casi dos décadas había permanecido por encima de Luxemburgo estaba ahora rota, tendida entre hombres que habían recibido la orden de hacerla desaparecer.
Existen fotografías de aquel momento, pero las fotografías tienen una limitación: pueden mostrarnos dónde estaba cada persona, pero no qué estaba pensando.
No sabemos quién apartó la mirada, quién sintió rabia o quién comprendió inmediatamente que aquello había dejado de ser una simple operación contra un monumento.
Lo que sí sabemos es que la destrucción produjo exactamente el efecto contrario al que buscaban sus responsables. Antes de aquel día, la Gëlle Fra había sido un símbolo. Después de caer, se convirtió además en una historia, y las historias suelen ser mucho más difíciles de destruir que el bronce.
No todo desapareció. Las dos figuras de los soldados situadas en la base pudieron salvarse gracias a la empresa Jacquemart, que años antes había participado en la construcción del monumento.
Había algo apropiado en ello: las mismas manos que habían ayudado a levantarlo contribuían ahora a esconder partes de él. Los dos soldados desaparecieron antes de que pudieran ser destruidos o fundidos y permanecieron ocultos, esperando una época en la que fuera posible volver a mostrarlos.
También sobrevivió la pequeña caja de zinc enterrada bajo el monumento en 1922. Había sido depositada allí con documentos y objetos destinados al futuro, cuando nadie podía imaginar que un día habría que protegerla de un ocupante. Un ingeniero consiguió ocultarla y evitar que cayera en manos de las autoridades alemanas.
No hubo ceremonia, ni discursos, ni música para aquel acto. Simplemente alguien decidió que una caja llena de memoria no debía ser encontrada. Durante una ocupación, la resistencia adopta a veces formas extraordinariamente pequeñas.
Y todavía ocurrió algo más.
Cuando la estatua golpeó el suelo, uno de sus pies quedó destrozado y entre los restos apareció el dedo gordo. Un estudiante que presenciaba la escena lo recogió y se lo guardó en el bolsillo.
La imagen resulta casi absurda: un muchacho caminando por una ciudad ocupada con un pedazo de la Gëlle Fra escondido contra la pierna. Quizá alguien le preguntó qué llevaba allí y él respondió que nada. «Nada» es una palabra muy útil cuando un país está ocupado.
Aquel dedo sobrevivió y pasó después por varias manos hasta terminar en una colección privada.
Visto sin contexto no era más que un fragmento de bronce, pero las reliquias siempre parecen absurdas para quien desconoce su historia. Un trozo de tela, una carta, una moneda o el dedo de una estatua pueden no significar nada por sí mismos. Lo importante es aquello que consiguió sobrevivir con ellos.
Los años pasaron y la mujer dorada dejó un vacío extraño sobre la ciudad. Su ausencia empezó a formar parte del propio monumento. Antes, la Gëlle Fra recordaba a los muertos de otra guerra; ahora, el lugar vacío recordaba también a quienes la habían derribado.
La ocupación se hizo más dura. Llegaron la germanización, la represión, los encarcelamientos, las deportaciones y el reclutamiento forzoso. Mientras todo eso sucedía, la mujer permaneció desaparecida.
El fin de la guerra:
Finalmente la guerra terminó y Luxemburgo fue liberado. Regresaron las banderas, sonaron las campanas y la ciudad comenzó a reconstruirse. Parecía lógico pensar que la Gëlle Fra volvería inmediatamente a su lugar.
Pero no ocurrió así.
Entre 1944 y 1945 se reconstruyó la base del monumento y, en 1950, regresaron los dos soldados de bronce. Uno volvió a ocupar su lugar tendido en el suelo y el otro permaneció junto a él, exactamente como antes. Sin embargo, cuando la gente levantaba la vista, la parte superior seguía vacía.
Tal vez algunos niños preguntasen entonces qué debía haber allí y sus padres respondieran que una mujer dorada. La siguiente pregunta habría sido inevitable: «¿Dónde está?». Y esa era mucho más difícil de contestar.
En 1955 aparecieron restos de la estatua durante la Semana de la Resistencia. Después de quince años, algunas partes de la Gëlle Fra volvieron a mostrarse públicamente. Aquello demostraba que no había sido fundida ni destruida por completo. Pero después ocurrió algo casi inexplicable: las piezas volvieron a desaparecer.
Pasaron diez años, después veinte y después treinta. Los hombres que habían visto caer la estatua envejecieron; algunos murieron. Una nueva generación empezó a conocerla solamente por fotografías y por las historias de quienes la habían visto sobre la ciudad. El pedestal seguía allí, también los soldados, pero la mujer se convirtió poco a poco en una ausencia aceptada.
Hasta que apareció debajo de un estadio de fútbol.
Si esta historia fuera inventada, ese sería probablemente el momento en que alguien acusaría al narrador de exagerar. Pero las historias reales tienen a veces menos sentido que las inventadas. A comienzos de la década de 1980, los restos de la Gëlle Fra fueron encontrados bajo las gradas del antiguo estadio municipal posteriormente conocido como Stade Josy Barthel.
Durante décadas había permanecido allí, en la oscuridad, mientras miles de personas asistían a partidos sobre su cabeza. Hubo goles, silbatos, discusiones con árbitros, niños corriendo por las gradas y domingos enteros de fútbol. Debajo de todo aquello estaba la mujer que una vez había dominado el horizonte de Luxemburgo.
La noticia se hizo pública en 1981. El 22 de junio, el Tageblatt habló del hallazgo, justo en vísperas de las celebraciones nacionales. Habían pasado aproximadamente cuarenta años desde su derribo y más de dos décadas desde que sus restos habían vuelto a desaparecer después de la exposición de 1955.
Entonces surgió una nueva pregunta: qué hacer con ella.
Podían conservarla en un museo. Era una opción razonable. Estaba dañada, tenía valor histórico y había sobrevivido a una guerra. Podían colocarla detrás de un cristal y escribir una placa explicando: «Esta fue la Gëlle Fra».
Pero aquella palabra, «fue», planteaba un problema.
Luxemburgo no quería hablar de ella en pasado.
La restitución:
En diciembre de 1984 comenzó la restauración. Participaron Jacquemart, Massard de Kayl y Diederich-Colas.
Los trabajos no consistían solamente en reparar una estatua, sino en devolverle una forma que permitiera colocarla de nuevo sobre la ciudad. Algunas partes estaban demasiado dañadas y tuvieron que ser reconstruidas, especialmente los pies. Otras habían quedado deformadas por el golpe contra el obelisco.
La restauración no consiguió devolverla exactamente a su estado de 1923, y quizá eso fue lo mejor. Las cosas que sobreviven no deberían fingir que nunca les ocurrió nada.
Una de las diferencias más visibles quedó en la posición de la cabeza. La figura original miraba prácticamente hacia delante, con una postura orgullosa y elevada. Después de la restauración, debido a las deformaciones sufridas en 1940, quedó ligeramente inclinada hacia abajo.
Puede verse como un defecto.
También puede verse como una cicatriz.
La Gëlle Fra que regresaría al monumento no era exactamente la misma que había subido en 1922. Había sido derribada, golpeada contra la piedra, mutilada, escondida, olvidada y encontrada décadas después bajo un estadio. Pedirle que regresara sin marcas habría sido tan absurdo como esperar que un hombre o un país atravesaran una guerra sin cambiar.
En mayo de 1985 aparecieron de nuevo las cuerdas.
Las mismas herramientas que tantas veces habían marcado su historia regresaban ahora con un propósito distinto. En 1922 las cuerdas la habían elevado por primera vez. En 1940 habían servido para hacerla caer. Más de cuarenta años después iban a levantarla de nuevo.
La estatua empezó a ascender lentamente junto al obelisco. Pasó por el mismo lugar contra el que había golpeado durante su caída y continuó subiendo hasta alcanzar la parte superior. Allí la fijaron, retiraron las cuerdas y la mujer dorada volvió a quedar sobre Luxemburgo.
La reinauguración solemne tuvo lugar el 23 de junio de 1985, durante la Fiesta Nacional.
Participaron alrededor de tres mil personas. Estuvieron presentes el Gran Duque, representantes del Gobierno, de la Cámara de Diputados, del cuerpo diplomático y de las fuerzas armadas. Se depositaron coronas y se pronunciaron discursos.
Pero probablemente algunos de los presentes no necesitaban explicación alguna.
Entre ellos podía haber personas que hubieran visto caer la estatua en 1940. Hombres y mujeres que entonces eran jóvenes y que ahora, cuarenta y cinco años después, levantaban otra vez la cabeza hacia el mismo lugar. Quizá recordaban las cuerdas, el sonido del bronce golpeando contra la piedra y el espacio vacío que había quedado después.
Ahora la mujer estaba otra vez allí.
No exactamente igual.
Pero allí.
Y eso cambiaba el significado del monumento.
En 1923 había sido levantado fundamentalmente para recordar a los voluntarios luxemburgueses de la Primera Guerra Mundial. En 1985 representaba además otra cosa: la supervivencia del propio Luxemburgo frente a quienes habían intentado borrar parte de su identidad.
Los hombres que ordenaron derribar la estatua querían demostrar que podían destruir lo que representaba. Consiguieron lo contrario. Antes de caer, la Gëlle Fra era un símbolo de memoria y libertad. Después de regresar, se convirtió también en símbolo de resistencia.
Tal vez por eso resulta tan apropiado que su cabeza mire ahora ligeramente hacia abajo.
No parece vencida.
Parece mirar a la gente.
A quienes pasan bajo ella sin conocer su historia. A los turistas que hacen fotografías. A los niños que preguntan quién es aquella mujer. A los ancianos que quizá recuerdan algo que los demás han olvidado.
Porque un monumento no pertenece solamente al cielo.
Pertenece también a quienes levantan la cabeza para mirarlo.
Y si algún día alguien pregunta por qué aquella mujer está allí arriba, la respuesta más sencilla será decir que es la Gëlle Fra, la Mujer Dorada de Luxemburgo.
Pero no será toda la respuesta.
Porque aquella figura fue primero barro, después bronce y finalmente memoria. Fue levantada, derribada, mutilada, escondida, perdida y encontrada. Sobrevivió en una caja enterrada, en dos soldados ocultos, en un dedo guardado apresuradamente en un bolsillo y, sobre todo, en la gente que siguió recordando que una vez había estado allí.
La levantaron una vez.
La derribaron otra.
Después la perdieron.
Y finalmente volvió.
Quizá esa sea la razón por la que su historia sigue siendo más poderosa que el monumento mismo.
Porque hay cosas que pueden romperse, enterrarse o permanecer olvidadas durante décadas y, aun así, no desaparecer del todo.
A veces basta con que alguien recuerde dónde estaban.
La mujer dorada tardó cuarenta y cinco años en regresar a lo alto de su columna. Cuando lo hizo, ya no miraba exactamente de la misma manera.
Luxemburgo tampoco.
Y cuando terminaron de asegurarla y retiraron las cuerdas, la Gëlle Fra volvió a hacer aquello que tantos hombres habían intentado impedir durante casi medio siglo.
Permanecer.