LEER UN FRAGMENTO
Sylvae
Sylvae
ᚠ Prólogo
Afuera, la nieve de Eldermere caía con el peso del invierno más duro que se recordaba en años, pero dentro de la granja el fuego era un refugio contra el olvido.
Rufus tenía entonces seis años y era un niño que nunca había aprendido a quedarse quieto. Observaba las manos de su madre, Elsha, mientras ella cosía un paño de lino gris con un hilo de plata que parecía brillar con luz propia.
—Cuéntame la historia de la Dama del Lago, mamá —susurró el niño, acurrucado junto a la chimenea.
Elsha se detuvo. Miró las brasas y, con una voz suave y cálida, una voz hecha para atravesar inviernos largos, comenzó el relato:
—Hace mucho tiempo, cuando el mundo era joven y el cielo y la tierra aún estaban unidos por juramentos, vivía un príncipe guerrero llamado Edrion. Era un hombre fuerte y justo. Decían que conservaba la sangre de los hombres antiguos, de aquellos que aún no habían olvidado la nobleza del primer mundo. Un día, mientras cazaba en la orilla de un gran lago, vio a un ciervo hermoso que bebía junto a su cría. Edrion era un gran guerrero, pero tenía el corazón limpio. Bajó el arco y perdonó la vida al animal, pues no tenía hambre.
Rufus abrió mucho los ojos, imaginando la situación.
—Fue entonces cuando el agua se abrió —continuó Elsha, deteniendo la aguja sobre el paño—. Del espejo de cristal emergió la Dama del Lago. Era hermosa y temible, con ojos del color del hielo antiguo, cabello dorado y piel pálida como la luna. Era una Guardiana de los Bordes, hija del agua y de la raíz, y aquel día eligió amar a un príncipe humano más allá de toda ley.
—¿Estaba prohibido? —preguntó el pequeño Rufus.
—Lo estaba, hijo mío. Ningún ser feérico debe entregar su nombre y su amor verdadero a un mortal. Pero hay nombres que nacen para ser guardados por otro corazón. Se amaron en secreto mientras el mundo conspiraba. Y la ambición de los hombres es un hambre que no se sacia. Los reyes de la tierra y el Consejo de Raíz unieron sus miedos para destruir aquel lazo.
Elsha suspiró, y por un momento las sombras de la habitación parecieron alargarse.
—Enviaron mercenarios en la negrura de la noche para matarlo, y contra todo pronóstico fracasaron. Edrion no era un hombre que se dejara matar fácilmente. Pero meses después le tendieron una segunda emboscada de la que no pudo escapar.
La sangre del príncipe manchó la orilla que ella debía proteger, y Edrion cayó en el barro, cerca del lago, buscando la mano de la Reina del Bosque. Entonces ocurrió el Quebranto. En su dolor, la Dama dejó de ser solo guardiana y se convirtió también en castigo. El bosque se volvió hostil. Las raíces se alzaron como garras contra ambos mundos, el feérico y el humano. La desgracia asoló ambos mundos que la habían traicionado.
Desde esa noche, el nombre antiguo del bosque, Eluneth, fue borrado de los mapas, y el lago aprendió a guardar secretos mejor que la tierra.
La madre acarició el cabello rubio de Rufus y lo miró con una intensidad que el niño no comprendería hasta muchos años después.
—Recuerda esto, Rufus: lo que duerme, recuerda. Algunas promesas no mueren; solo esperan a que alguien vuelva a pronunciar su nombre en la orilla correcta.
Rufus se quedó dormido escuchando el chisporroteo del fuego, soñando con un príncipe que bajaba su arco y una reina que lo esperaba bajo el hielo.
Y, mientras la nieve seguía cayendo sobre Eldermere, el lago, más allá de los campos dormidos, guardó silencio.
No dormía.
Recordaba.
Sylvae:
ᚢ-La feria
Eran dos, siempre dos. El más pequeño se llamaba Peter; era el que solía perder en las carreras. El otro se llamaba Rufus; era el que nunca aprendía a quedarse quieto, y su cabello rubio, despeinado por el viento, parecía atrapar la luz del sol incluso en los días nublados.
Se conocían tanto que podían hablar sin hablar. Se conocían desde que tenían memoria. Jugaban a los héroes en verano, con ramas como espadas y escudos de madera.
Aquel día iban a la feria anual del pueblo. Con Rufus iba su hermano, Galen.
Era el mayor de los dos, unos cinco años mayor que él, lo suficiente como para que, cuando eran niños, Galen fuera más fuerte, más rápido, más listo en casi todo. Y aunque a veces Rufus lo encontraba insoportable, nunca lo vio como un enemigo, sino como un reto a alcanzar.
Era práctico, trabajador y con un carisma natural; alguien que encontraba la forma de salir de problemas… o de hacer que otro los solucionara por él. Mientras Rufus era más introspectivo y soñador, su hermano era el tipo de persona que sabía cuándo hablar, cuándo golpear y cuándo sonreír para salirse con la suya.
Edric, su padre, solía bromear diciendo:
—Uno de mis hijos se convertirá en un hombre de bien. El otro… en un problema. Solo que aún no sé cuál es cuál.
A diferencia de Rufus, que pasaba más tiempo en el bosque y el lago, Galen se sentía más cómodo en la granja y en el pueblo. No tenía los mismos deseos de aventura que su hermano.
—Lo que cuenta no es lo lejos que puedas llegar, Rufus, sino cuánto puedes sostener en tus manos sin que se te escape.
El pueblo más cercano a su granja se llamaba Eldermere.
Un nombre antiguo, con un eco de algo olvidado en el tiempo. «Elder», por los árboles viejos y nudosos que bordeaban los caminos, y «Mere», porque, según los ancianos del pueblo, antes de que existieran casas o caminos, el terreno estaba cubierto por un lago inmenso, uno que desapareció con los siglos, dejando solo el lago más pequeño donde Rufus y Peter jugaban.
Eldermere no era grande ni bullicioso. No era un lugar donde pasaran cosas extraordinarias.
Era un pueblo de gente trabajadora, con manos curtidas por el frío y la tierra. Las casas eran de piedra y madera, con techos inclinados para soportar las fuertes nevadas invernales. Había una plaza central donde el comercio tenía lugar cada semana: panaderos, curtidores, leñadores y granjeros vendían lo poco que tenían de sobra. Un lugar donde todos conocían a todos, donde los rumores viajaban más rápido que el viento que bajaba de las montañas.
Había una taberna llamada El Roble Torcido, un nombre que le venía de un árbol retorcido que crecía junto a la entrada. Su dueño, Harlan, era un hombre grande y bonachón, aficionado a contar historias sobre tiempos mejores y con un ojo atento para las peleas de borrachos.
La iglesia de San Aureliano era el edificio más antiguo del pueblo, con una campana que sonaba tres veces al día y un sacerdote de edad avanzada, el padre Tobias, dispuesto a ofrecer un consejo o una advertencia sobre el bosque y sus misterios.
Los niños crecían escuchando historias sobre lo que se escondía entre los árboles, sobre los espíritus del agua y las luces que a veces se veían en el lago. Pero los adultos solo hablaban de ellas en voz baja, como si temieran darles poder al mencionarlas.
Eldermere era hogar, seguridad, rutina.
Y por eso Rufus sentía que, con cada año que pasaba, encajaba menos en él.
Cada año, en las mismas fechas, se hacía la feria del pueblo, y cada diez años el pueblo se transformaba por una sola noche para atraer un circo digno de las ciudades más grandes del reino.
Las calles, normalmente tranquilas y oscuras, se iluminaban con faroles y antorchas. Las risas de niños y adultos resonaban en el aire, entremezcladas con el sonido de tambores, flautas y violines. El aroma de caramelo, pan caliente y especias flotaba por el aire, envolviendo a los visitantes en una mezcla de nostalgia y asombro. Los vecinos de todos los pueblos de la región venían a visitar este acontecimiento excepcional.
Lo que hacía que esta feria fuera única era el Gran Circo de Vorthen, un espectáculo que solo pasaba por el pueblo una vez cada diez años. Llegaba con su caravana de carpas multicolores, carruajes tallados con figuras enredadas y faroles que ardían con un resplandor demasiado cálido para una simple feria ambulante.
Rufus, Peter y Galen caminaban entre la multitud, oliendo el dulce aroma del caramelo y la madera quemada, sintiendo la energía de la gente que reía, gritaba y aplaudía ante los espectáculos que desafiaban lo ordinario.
Había quien decía que los artistas del circo no eran del todo humanos. Que viajaban con la luna, que desaparecían sin dejar rastro cuando la feria terminaba. Pero la gente de Eldermere prefería no hacer preguntas.
Porque, en el fondo, todos querían ser parte del espectáculo, aunque solo fuera por una noche.
Como era costumbre, Galen comenzó a hablar de chicas.
—¿Viste a Mina Grayweather en el puesto de manzanas? —dijo con una sonrisa autosuficiente—. Me guiñó un ojo. La tengo en el bote.
Peter resopló.
—Seguro que tenía algo en el ojo que le molestaba.
—Por favor. Tú viste lo mismo que yo. Las chicas me adoran.
—Las chicas adoran las monedas que gastas en ellas —murmuró Rufus, sin poder evitarlo.
Peter se echó a reír.
—Ese es el secreto de tu hermano. Tiene el bolsillo más generoso que el corazón. Gasta dinero como si callera del cielo para impresionar a las chicas.
Galen se enfadó un poco.
—¡Qué injusticia! ¿Acaso crees que todo en la vida se compra? Las chicas se dejan invitar solo si les gustas.
—O si tienen hambre o sed —corrigió Peter—. No creo que Mina Grayweather vaya a casarse contigo solo porque le compres un vaso de hidromiel en la feria. Pero si me compras uno a mí, te daré un beso.
Galen se encogió de hombros.
—¡Puaj! ¡Qué asco…!
—En la mejilla, claro… —aclaró él.
—No me interesa casarme con Mina. Me interesa verla sonreír. No me importaría que me besara…
Peter negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír también.
—Eso es básicamente imposible.
—Qué sabéis vosotros, si sois solo niños…
—¿Qué opinas tú, Rufus?
Rufus se quedó en silencio, observando las luces de la feria reflejadas en los charcos de agua del suelo.
—Si una mujer se ríe contigo, puedes tener esperanzas, hermano. Si se ríe de ti, solo puedes tener suerte. Pero si acepta tus regalos sin siquiera mirarte a los ojos, más te vale dejar de gastar tus monedas, porque solo eres el tonto que le paga la comida y la bebida. Pero adelante, sigue repartiendo dinero como si te sobrara.
Galen estaba acostumbrado a escuchar hablar a su hermano con una sabiduría que estaba muy por encima de su edad. Así que se quedó pensando en esas palabras mientras seguía caminando.
—No fastidies Rufus, eres un gruñón. Eres el pequeño de la familia. ¿Por qué no te relajas? Andas todo el día dando sermones.
—Sabes que somos una familia pobre. Y vas tirando el dinero por ahí —dijo él.
La feria seguía llena de vida cuando tres chicas se cruzaron en su camino. Dos de ellas eran de la edad de Rufus y Peter, pero la tercera, Elyse Marwood, era mayor, de la edad de Galen. Hija del comerciante de telas, siempre había sido de las más populares del pueblo, con su cabello castaño largo y su sonrisa, que podía hacer que hasta los curas olvidaran sus votos de castidad.
Galen vio la oportunidad y no la dejó pasar.
—Elyse. —Su voz adoptó un tono más profundo, más confiado—. ¿Es mi vista o acaso la feria acaba de iluminarse al entrar tú en ella?
Ella se cruzó de brazos, arqueando una ceja.
—¿Siempre hablas así a las chicas o solo cuando intentas impresionarlas?
Él sonrió.
—Solo cuando te veo a ti.
Elyse soltó una risa, pero no confirmó si su intento de aproximación estaba funcionando o no.
Mientras tanto, Rufus y Peter ya estaban atrapados en otra conversación con las otras dos chicas, Mira y Colette, ambas del pueblo.
—¿Ya fuiste al Carrusel de los Destinos? —preguntó Colette, con los ojos brillando de emoción—. Dicen que si cierras los ojos y te dejas llevar, puedes ver tu futuro.
—Eso son tonterías —dijo Peter, encogiéndose de hombros—. Seguro que es solo un truco para que la gente entre y les saquen el dinero.
—¿Entonces por qué no lo pruebas? —se burló Mira, cruzándose de brazos—. ¿Tienes miedo de lo que puedas ver?
Peter se afirmó.
—No tengo miedo de nada.
—¿No? —dijo Colette, con una sonrisa traviesa—. ¿Y qué tal si ves que terminas casado con Mira?
Mira puso cara de horror fingido.
—A eso sí…¡Qué terrible destino!
Peter negó con la cabeza, sonriendo.
—Dudo que el carrusel sea tan cruel.
Las chicas rieron, y Rufus observó la escena en silencio, entretenido, pero con la mente en otro lugar.
—¿Y tú, Rufus? —preguntó Colette—. ¿Has visto algo interesante en la feria?
Rufus tardó en responder.
—Todo es interesante.
—Esa respuesta es muy ambigua. Como siempre.. —dijo Colette.
—Es lo que hay… Acabamos de llegar. Todo parece interesante.
Mira lo miró de reojo.
—¿Qué queréis ver?
Rufus sonrió.
—Todo lo que nos dé tiempo. A mí sí me gustaría ver mi futuro. No me da miedo.
Las chicas se rieron, y Galen, que había estado escuchando de fondo mientras intentaba encantar a Elyse, levantó la mano en gesto de aprobación.
—¡Esa es la actitud, hermano!
Su compañera giró los ojos y se cruzó de brazos.
—Apuesto a que esa frase que me dijiste al llegar la usaste con otras antes.
Él se puso una mano en el pecho con fingida indignación.
—Elyse, por favor. Yo jamás repetiría una frase que he usado contigo, y no usaría contigo una frase que haya usado con nadie más, ni siquiera con mi familia.
—¿Ah, no?
—Por supuesto que no. Tú mereces algo mucho mejor. Tú mereces atención, a alguien que vaya por detrás de ti besando el suelo por donde pisas.
Ella parpadeó, sin poder evitar sonreír.
—Mmm… Puede que tengas algo de talento después de todo.
Galen sonrió, triunfante.
Peter suspiró.
—No puedo creer que esto le esté funcionando.
Rufus solo se encogió de hombros. —Lo infravaloras…
Mientras avanzaban, un coloso de dos metros levantaba un tronco enorme sobre su cabeza y la multitud aplaudía. Marek, el Gigante del Norte, desafiaba a los más valientes del pueblo a cargar piedras de la montaña en una plataforma de madera.
Galen, con su competitividad natural, no pudo resistirse.
—Te doy un saco de trigo y dos cabras si lo superas —le dijo el presentador al divisarlo, con una sonrisa burlona.
—Inténtalo —lo animó Elyse—. Estás fuerte de trabajar en la granja.
—¿Cuánto cuesta la prueba?
Peter, a su lado, negó con la cabeza.
—Rufus, dile algo a tu hermano antes de que se le reviente la espalda.
Pero su amigo solo sonrió.
—Déjalo. Mi hermano prefiere una hernia a admitir que alguien es más fuerte que él, sobre todo con Elyse a su lado.
El presentador sonrió con aire de zorro astuto y golpeó la plataforma de madera con su bastón.
—Cinco draken por intento, muchacho. Si superas el peso de Marek, duplicamos la apuesta: te daremos dos sacos de trigo y cuatro cabras.
Cinco draken no eran una fortuna, pero tampoco un precio bajo. Galen sacó las monedas de su bolsa, mirando a Elyse sin dudar, y las dejó caer en la mano del presentador.
—Vale la pena —dijo con confianza, lanzándole una sonrisa a la chica.
Ella cruzó los brazos, divertida.
—Veamos si la fuerza te dura más que las palabras.
El público alrededor comenzó a animarlo. Marek, el Gigante del Norte, observó la escena con una sonrisa indescifrable.
—Vamos, muchacho. Veamos de qué estás hecho.
El presentador señaló un conjunto de piedras grandes y gastadas por el uso.
—Escoge la que quieras. Solo tienes que levantarla sobre tu cabeza y aguantar cinco segundos.
El chico pasó la vista sobre las piedras y, con una mezcla de orgullo y estupidez, eligió la más grande.
Peter se tapó la cara con la mano.
—Ya está muerto.
—¡Bah! —dijo Rufus con una media sonrisa—. Galen preferiría morir antes que dejar que Elyse lo vea fracasar.
—Justo por eso digo que ya está muerto.
Galen se posicionó, flexionó las piernas, tomó la piedra con ambas manos y tiró con todas sus fuerzas.
El primer intento fue desastroso.
No movió la piedra ni un centímetro.
El público estalló en risas.
—Vamos, Galen, no es un saco de harina —se burló Elyse con una sonrisa divertida.
La mandíbula del chico se tensó. No podía perder así.
Respiró hondo, ajustó su postura, apretó los dientes y lo intentó de nuevo.
Esta vez, la piedra se levantó.
Pocos centímetros. Pero lo suficiente para que la multitud contuviera la respiración.
Galen apretó aún más los dientes, sus músculos temblaron bajo el esfuerzo, la cara se le puso roja… y entonces, con un ruido seco, sus pies resbalaron en la madera y cayó de espaldas, con la piedra rodando a un lado.
El silencio duró dos segundos.
Luego, Elyse, Mira y Colette explotaron en carcajadas.
Peter se dobló de la risa, golpeando la rodilla de Rufus.
—¡Qué fuerte! ¡Fue peor de lo que imaginé!
Rufus solo sonrió y se inclinó sobre su hermano caído.
—Galen, ¿quieres que avise a mamá o escribo directamente tu epitafio?
Él soltó un gruñido, aún tirado en el suelo.
—Vete a la mierda, Rufus.
El presentador, entre risas, lo ayudó a levantarse y le habló al oído.
—Buen intento, muchacho. Si te sirve de consuelo, al menos lograste despegarla del suelo. Ya es mucho más de lo que consigue la mayoría.
—No me sirve de consuelo.
Marek, el gigante, se acercó con calma y, sin esfuerzo aparente, levantó la misma piedra por encima de su cabeza con una sola mano.
—Buen intento, chico. Pero la fuerza no es solo músculos. Es técnica. Es paciencia.
Galen lo miró con el ceño fruncido, aún tratando de recuperar el aire.
—Y tú… ¿qué tienes?
Marek sonrió con una tranquilidad casi filosófica.
—Tiempo. Tiempo para aprender a hacer bien las cosas… y fuerza para levantar lo que no pueden levantar diez hombres.
Elyse le dio una palmada en la espalda a Galen y un beso en la mejilla.
—Vamos, granjero. ¿Te levantas o necesitas que carguemos tu orgullo?
Galen resopló y se puso de pie con torpeza, pero contento por el beso.
—Necesito un trago.
—Y una pomada para la espalda —añadió Peter.
El grupo estalló en risas y, entre bromas y burlas, continuaron caminando por la feria, dejando atrás la plataforma, a Marek y al presentador, que todavía sonreía, disfrutando de su oro fácil.
—¡Vean a la Mujer Serpiente y al Hombre de los Huesos Huecos, señores! —gritaba un hombre delante de ellos.
En una jaula dorada, una mujer de cabello negro y piel aceitunada se deslizaba con una agilidad imposible. Nezha, la Mujer Serpiente, doblaba su cuerpo hasta adoptar formas que parecían de otro mundo.
A su lado, un hombre alto y delgado llamado Soren se subía a una estructura de cuerdas y maderas, doblando sus huesos como si no existieran, encogiéndose y alargándose en ángulos que ningún ser humano normal podría replicar.
Los espectadores murmuraban:
—Ese cuerpo no debe tener ni un solo hueso real. Debe estar hecho de algo más. Algo flexible, algo que no pertenece a este mundo.
—Eso no es normal. Los huesos no hacen eso —decía una señora.
Rufus, con los ojos fijos en la escena, asintió en silencio. Había algo demasiado fluido en la forma en que el hombre se movía, como si no hubiera carne, ni músculos, ni huesos reales bajo su piel.
—Tal vez no tiene huesos de verdad —susurró Mira a Peter con un escalofrío, rodeándose el cuerpo con los brazos—. Tal vez es como un… saco de piel con algo dentro.
Peter hizo una mueca.
—Por los dioses, Mira, gracias por la imagen mental.
Colette, más divertida que asustada, ladeó la cabeza.
—Dicen que, cuando duerme, su cuerpo se desarma, como si pudiera dividirse en piezas más pequeñas.
—Eso es imposible —murmuró Elyse, aunque su tono no sonaba del todo convencido.
—Nada en esta feria parece muy posible —añadió Rufus en voz baja.
A su lado, Galen silbó con admiración cuando Nezha, la Mujer Serpiente, se dobló hasta que su espalda tocó el suelo sin esfuerzo alguno.
—Bueno, ella sí que es interesante.
Elyse lo fulminó con la mirada.
—Por supuesto, sabía que te fijarías en eso.
—¿Cómo no? —exclamó Galen, riendo—. ¡Mira lo que hace!
Peter negó con la cabeza.
—En serio, Galen, ¿alguna vez piensas con otra cosa que no sea tu instinto básico?
—Solo cuando Elyse está cerca. Entonces me comporto como un caballero, porque ella lo merece.
—¡Pasen al Carrusel de los Destinos! —decía un tipo más adelante.
Rufus se fijó. Un tiovivo con caballos de madera, pero cada uno era diferente. Un lobo, un ciervo, un dragón. Y, en el centro, un caballo.
—Si subes a él y cierras los ojos, cuando abras los párpados verás un destello de tu futuro —seguía diciendo el hombre.
Algunos niños se bajaban riendo. Otros, en silencio.
Un hombre mayor subió y, cuando bajó, tenía lágrimas en los ojos.
Rufus siguió caminando, seguido por sus amigos, que hablaban a su espalda. De repente, se quedó parado delante de una tienda.
«La Carpa de los Milagros y las Maldiciones. Bruja Adivinadora y Lectura del Futuro».
Estaba escrito con letras doradas sobre un fondo verde desgastado.
Era una tienda oscura, más alta que las demás, con cortinas de terciopelo negro y rojo. Más abajo, otro letrero grabado también con letras doradas decía:
«¿Buscas respuestas? ¿O prefieres ignorarlas?».
—No me digas que te quieres gastar el dinero en esta chorrada —dijo su hermano—. Dame el dinero a mí y yo me inventaré algo sobre tu futuro que te divierta.
Pero Rufus ya estaba entrando.
—Padre nos dio dinero para gastar.
La carpa de Madame Verina estaba envuelta en sombras y humo perfumado. Dentro, el aire olía a incienso y a algo más… algo metálico, antiguo, como el filo de un cuchillo olvidado en la tierra.
Una mesa de madera oscura ocupaba el centro de la tienda, cubierta por un paño de terciopelo negro. Velas parpadeaban a su alrededor, proyectando sombras que parecían moverse por sí solas. En un lateral había un gran espejo de pie.
Los seis entraron, todavía riéndose por las tonterías de Galen y Peter, pero el ambiente dentro de la tienda hizo que las risas se desvanecieran poco a poco.
Detrás de la mesa, la vidente los esperaba.
No los observó como lo haría una vendedora esperando clientes. Los miró como si ya supiera exactamente quiénes eran, qué habían hecho y qué harían.
—¿Cuánto cuesta que nos hable del futuro, señora? —preguntó Rufus.
—Dos draken por persona —dijo ella sin inmutarse.
—¡Pero eso es un robo! —dijo Galen—. Le pagaremos cinco por todos nosotros.
—¿Ese valor le das a saber lo que te depararán los años?
—¿Nos dará usted garantías de que lo que nos cuente pasará de verdad?
La mujer soltó un resoplido y finalmente asintió.
Galen puso cinco monedas sobre la mesa.
Y entonces habló.
—Ah… tú. —Sus ojos, de un azul demasiado profundo para ser real, se posaron en él. Giraba lentamente una moneda de cobre entre los dedos, como si jugara con el destino mismo—. Tú, el que juega, el que ríe, el que siempre gana…
Galen levantó una ceja y sonrió.
—Me gusta cómo suena eso.
Madame Verina entrecerró los ojos y giró la moneda una última vez antes de atraparla en su palma.
—Te casarás con la chica a la que ahora más disfrutas provocar.
Galen parpadeó.
—¿Perdón?
La adivina alzó la vista hacia Elyse, que, al notar la mirada, bajó la suya y cruzó los brazos.
—Eso es ridículo.
—¿Lo es? —murmuró Madame Verina con una leve sonrisa.
—Demasiado fácil. Nos ha visto entrar juntos y se ha imaginado el resto.
—Tendréis dos hijos y una niña. La niña tendrá problemas de salud al nacer y tendréis dudas sobre si sobrevivirá, pero vivirá más de lo que ha vivido antes ningún hombre o mujer en esta aldea.
La moneda volvió a girar entre sus dedos.
—Un consejo, muchacho. La risa y el amor son buenos compañeros, pero el orgullo y el amor no lo son. Aparta de ti esa soberbia o acabará por destruirte.
Galen bufó y se reclinó en la silla.
—Mejor dime algo emocionante.
La adivina no le respondió. Simplemente miró más allá de él.
A Mira y Colette.
El ambiente cambió.
Los ojos de Madame Verina parecieron tornarse más oscuros; las llamas de las velas titilaron como si alguien hubiera susurrado dentro de la carpa.
—Mira. —El nombre salió con un eco, como si su voz viniera de más de un solo lugar—. La que ve más de lo que debería.
Mira tragó saliva.
—¿Qué significa eso?
Madame Verina no parpadeó.
—Ya has elegido con quién te casarás —dijo, mirando a Peter, mientras ambos se ponían rojos—. No será tu primer marido, pero el destino ya os ha unido y no hay nada en el mundo que podáis hacer para separaros. Viviréis en la ciudad, lejos de aquí, en una casa grande con sirvientes. Tendréis un hijo que será un político destacado en la corte.
—Señora, sus predicciones son previsibles —dijo Galen—. ¿Qué nos habría dicho si hubiéramos venido solo mi hermano y Peter?
Las velas titilaron de nuevo, proyectando sombras que parecían moverse con vida propia en las paredes de la carpa. Madame Verina giró lentamente su moneda de cobre entre los dedos y miró a Galen con una sonrisa enigmática.
—Ah, muchacho… Si crees que el destino cambia solo porque tú decides quién escucha sus palabras, entonces no has entendido nada.
Galen arqueó una ceja, pero no respondió de inmediato.
Madame Verina volvió la vista hacia Mira y Peter, quienes todavía seguían rojos por la revelación.
—El destino de uno no depende de la presencia de otro. La historia ya ha sido escrita. Si hubieran venido solos, les habría dicho lo mismo. Pero… —y aquí sus ojos adquirieron un brillo extraño— la diferencia es que no lo habrían creído.
Peter frunció el ceño.
—¿Y por qué lo deberíamos creer ahora?
La adivina inclinó la cabeza y, por primera vez, sonrió de verdad.
—Porque las palabras que uno ignora en soledad se vuelven más reales cuando se dicen frente a testigos, frente a aquellos que forman parte irremediable del futuro.
El grupo se removió incómodo.
Mira, aún con el estómago revuelto por lo que acababa de escuchar, intentó no mirarlo a él, a Peter, al chico con el que aparentemente pasaría toda su vida, pero no en el primer intento.
—Eso no responde a lo que he preguntado —insistió, tratando de concentrarse en otra cosa—. ¿Qué significa eso de que veo más de lo que debería?
La sonrisa de Madame Verina desapareció.
—Algunas personas tienen ojos para el presente. Otras, para el futuro.
Su mirada se volvió más intensa, como si viera dentro de Mira en ese instante.
—Tú… ves cosas que no deberías. Eso te ayudará en los negocios y llegarás a ser una mujer muy rica con tu marido. Pero un día mirarás algo que cambiará tu vida para siempre.
El aire se volvió más pesado.
—¿Algo bueno o algo malo? —preguntó Mira en voz baja.
Madame Verina dejó caer la moneda sobre la mesa. El sonido metálico pareció retumbar en el aire cerrado de la carpa.
—Algo que no debería ser visto en absoluto.
La piel de Mira se erizó.
—¿Cómo lo evito?
—Quizás puedas. Pero la curiosidad es un hilo del que, una vez que tiras… —Madame Verina giró la moneda sobre la mesa con un dedo—, todo lo demás se deshace.
Mira sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Peter, queriendo sacarla del apuro, resopló y se pasó una mano por el cabello.
—Bueno, eso de la casa con sirvientes suena bien, ¿no? —intentó bromear.
Pero nadie rio.
Porque, aunque nadie lo decía en voz alta, todos sintieron que Madame Verina no hablaba en metáforas ni en vagas advertencias de feria.
Estaba describiendo algo real.
Y, a partir de esa noche, Mira nunca miraría un reflejo sin preguntarse qué estaba viendo realmente.
Colette se preparó mientras miraba a Rufus, aquel chico introvertido, pero guapo e inteligente. Era su turno, y seguramente ella tendría un futuro similar al de sus amigas, casada con ese chico a su lado. La vidente la miró profundamente y se dirigió a ella.
Las velas de la carpa parpadearon, proyectando sombras retorcidas sobre las paredes de tela. Colette respiró hondo, lista para escuchar su destino.
Ella miró a Rufus de reojo, como si ya supiera lo que Madame Verina iba a decir. Él no lo notó —su mente aún estaba atrapada en las palabras que la vidente le había dicho a Mira—, pero Colette sí lo había notado a él desde hacía tiempo.
A veces, cuando hablaban en grupo, Rufus se perdía en sus pensamientos. Su mirada se deslizaba hacia lugares lejanos, como si viviera a medias en este mundo y a medias en otro. Pero él era listo, amable en su manera reservada, y cuando hablaba, sus palabras tenían un peso extraño, como si cada una hubiera sido pensada antes de ser dicha.
Ella no podía evitar imaginarlo a su lado.
Seguramente, la vidente le diría que se casaría con un hombre bueno. Que sería amada. Que tendría hijos y una vida tranquila. Algo similar a lo que le había predicho a Mira.
Pero cuando Madame Verina la miró, la sonrisa en los labios de Colette se apagó de inmediato.
Porque los ojos de la adivina se llenaron de una tristeza que no había mostrado antes.
—Tú… —susurró con voz apagada—. Tú serás la que será olvidada.
El corazón de Colette se encogió de golpe.
—¿Qué?
El grupo se removió inquieto.
Mira frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Madame Verina dejó caer su moneda sobre la mesa. El sonido metálico resonó demasiado fuerte, como un eco que se prolongó más de lo debido.
—Tu nombre… tu historia… un día desaparecerán. Serás repudiada por tus amigos.
La piel de Colette se erizó.
—Eso no tiene sentido.
—No para ti. Aún.
—Pero… —Colette intentó reír, nerviosa, pero nadie más reía.
Incluso Galen, que siempre encontraba la manera de hacer una broma, se mantuvo en silencio.
—¿Voy a morir? —preguntó con la voz más baja de lo que hubiera querido.
—No de la forma en que crees. Pero un día caminarás entre quienes amas y ellos no sabrán quién eres, o no querrán saberlo.
El aire se volvió más denso, como si la tela de la carpa los encerrara en algo más que un simple espacio físico.
Peter tragó saliva.
—Está exagerando…
Pero Madame Verina no apartó la vista de Colette.
—El destino de cada uno de vosotros ya ha sido marcado, pero el tuyo… el tuyo es distinto.
Colette sintió la urgencia de decir algo, de negarlo, de exigir otra respuesta, pero sus labios se quedaron secos y en silencio. Estaba asustada y triste.
Rufus protestó:
—El futuro lo hacemos nosotros. No hay nada inamovible, nada que no se pueda cambiar. Si vas a maldecir a una niña, al menos dale un consejo que pueda usar. No basta con decirle que perderá lo que ama… Dile cómo asegurarse de que, cuando llegue el día, aún tenga algo por lo que luchar.
Entonces, la vidente se giró hacia él.
La moneda de cobre rodó sobre la mesa y se detuvo de golpe.
El fuego de las velas parpadeó violentamente.
Y Madame Verina sonrió, pero no era una sonrisa amable.
—Ah… tú.
El tono de su voz cambió. No era el tono teatral con el que había hablado antes; no tenía la misma cadencia hipnótica con la que tejía los destinos de los demás.
Esta vez, su voz era otra cosa.
Más honda.
Más antigua.
Los ojos de Rufus se clavaron en los de ella y, por un instante fugaz, vio algo moverse en su reflejo, algo más allá de la luz de las velas, algo más allá de su propia forma.
Algo que lo reconocía.
Madame Verina inclinó la cabeza, observándolo como si acabara de ver algo que los demás no podían comprender.
—Cierto, chico… —Su voz era un murmullo, un susurro que parecía deslizarse entre los pliegues del tiempo—. Ningún destino es imposible de cambiar… pero hay algunos que ningún viento, ningún océano, ningún truco de los dioses podría torcer.
La moneda que giraba entre sus dedos se detuvo de golpe, sin que ella la tocara.
—La chica y tú no os casaréis.
Colette bajó la mirada, incapaz de ocultar la sombra de decepción en su rostro.
Pero Madame Verina no le prestó más atención. Toda su atención estaba ahora en Rufus.
—Tu futuro está reservado, muchacho. Marcado en un lugar que no pertenece a este mundo. Tú ves mucho más lejos aún que Mira. Tu vista no solo es buena para los negocios, sino que alcanza mucho más allá. Tú ves aquello que otros ni siquiera podrían llegar a intuir.
Las palabras fueron como un latigazo en su pecho.
Madame Verina sonrió con un aire casi indulgente, como si hubiera leído sus pensamientos con claridad.
—La que te espera no camina por este mundo, pero un día cruzarás el umbral.
Las velas parpadearon violentamente y, por un momento, Rufus sintió el hielo bajo sus pies. El hielo del lago.
Sintió el reflejo de la luna en la superficie congelada. Sintió un susurro en el viento, una voz que no pertenecía a los mortales.
Madame Verina se inclinó un poco más hacia él.
—La perderás y volverás a encontrarla. Antes de reencontrarla, caminarás entre sombras y estrellas. Correrás donde ningún hombre ha corrido antes. Verás cosas que nadie en este mundo ha visto y, cuando llegue el momento, estarás ante la única elección que de verdad importa.
El aire se volvió más denso, como si algo antiguo y vasto acabara de inclinarse sobre ellos para escuchar.
—Pero escucha bien, Rufus… Solo tú podrás ayudar a Colette a cambiar su destino.
Mira, que hasta ese momento había estado demasiado inquieta con su propia predicción, levantó la cabeza de golpe.
—¿Qué?
Madame Verina se enderezó lentamente, como si su trabajo estuviera hecho.
—El destino es una telaraña. Hay hilos que se entrelazan sin remedio… —Sus ojos se fijaron en él, brillando con un azul imposible—. Y hay quienes pueden romperlos. Tu destino y el de Colette están enlazados.
Entonces se volvió hacia Colette.
—No temas a lo que vendrá. Teme no estar lista cuando llegue.
El silencio en la carpa se volvió casi insoportable.
Rufus sintió que su corazón latía demasiado rápido.
Las velas parpadearon una última vez.
Y entonces, Madame Verina recogió su moneda, sonrió con esa expresión que él ya nunca olvidaría y dijo, en un tono ligero, casi burlón:
—La lectura ha terminado.
Nadie se movió.
Nadie respiró.
Hasta que la cortina de la carpa se agitó con un viento que no debería haber estado allí.
Y Rufus supo que todo había cambiado.
—¿Hay algo más que deba saber, señora? —preguntó Colette—. ¿Para cambiar mi futuro?
—Cuando todos abandonen a Rufus, tú estarás junto a él. Eso es lo que te salvará. Pero no será fácil.
—¿Cuando todos lo abandonen…? —Su voz sonaba más baja de lo que quería—. ¿Por qué lo abandonarían? —preguntó ella.
Madame Verina no respondió de inmediato. Tomó su moneda de cobre y la hizo girar sobre la mesa.
El sonido resonó demasiado fuerte en la carpa, como un eco que no debería existir.
—Porque él elegirá un camino que nadie más podrá seguir. Tú serás su único apoyo en este mundo.
Rufus sintió el frío en la columna antes de que las palabras terminaran de salir de los labios de la adivina.
—No entiendo… —Colette frunció el ceño—. ¿Eso significa que Rufus hará algo terrible?
—No. —Madame Verina dejó que la moneda siguiera girando entre sus dedos—. El mundo teme lo que no entiende… Lo rechaza, lo marca y lo aparta como si al hacerlo pudiera ignorarlo. Pero lo que el mundo olvida es que aquello que rechaza es precisamente lo que más debería temer.
El silencio se hizo espeso.
—Cuando llegue el momento, todos se alejarán. Incluso aquellos que ahora le llaman hermano. Incluso aquellos que juran que nunca lo dejarían.
Los ojos de Galen se entrecerraron.
—Eso no es cierto.
La adivina sonrió con una calma que puso a todos la piel de gallina.
—Ojalá no lo fuera.
El rostro de Galen se endureció, pero no dijo nada.
Colette miró a Rufus como si intentara leer algo en su expresión, pero él no tenía respuestas.
—Entonces, ¿qué debo hacer? —insistió Colette—. ¿Cómo puedo cambiar esto?
Madame Verina giró la moneda una última vez y la dejó caer sobre la mesa.
Esta vez, no hubo eco. Entonces miró a Rufus.
—Cuando el hielo se rompa por primera vez, quédate. Pero cuando se rompa por segunda vez, ella no volverá. Tendrás que partir para buscarla en otra parte.
—¿El hielo? —preguntó Colette.
La adivina la observó con esa mirada que parecía ver más allá de los huesos, más allá del alma.
—Cuando todo se derrumbe y él se quede solo en la oscuridad, tú estarás ahí. Eso es lo que te salvará. Eso es lo que cambiará el destino de ambos.
La respiración de Colette se aceleró.
—¿De qué oscuridad habla?
Madame Verina sonrió, pero no respondió.
—Ya os dije que la lectura ha terminado… Hablar demasiado sobre el futuro puede cambiarlo y, la mayoría de las veces, para mal.
El aire pareció tornarse más frío.
Y, en la luz temblorosa de las velas, el reflejo de Rufus en los ojos de la adivina no era el suyo.
Era otro.
Algo más antiguo.
Algo que esperaba.
Galen intentó protestar, pero Elyse lo sujetó de la muñeca y tiró de él con firmeza.
—Vámonos —susurró—. Este lugar tiene algo… raro.
No era solo la predicción. Era la forma en que el aire parecía espesarse dentro de la carpa, el modo en que las sombras parecían moverse incluso cuando no había viento.
—¿Cómo conocía nuestros nombres? —gruñó Galen, mirando de reojo a la adivina mientras Elyse lo arrastraba hacia afuera—. ¿Se informa antes de llegar a cada pueblo?
Pero Madame Verina ya no le prestaba atención.
Su mirada estaba fija en Rufus.
Y entonces, sin apartar los ojos de él, extendió la mano.
—Rufus.
El chico ya estaba cruzando la cortina de la carpa, pero algo en su nombre, pronunciado de esa manera, lo detuvo en seco.
Giró la cabeza.
En la mano de Madame Verina había una tarjeta.
Rufus no quiso tomarla al principio. Pero el aire pareció volverse más denso a su alrededor, como si la carpa misma esperara su decisión.
Al final, se acercó, extendió la mano y la tomó.
La tarjeta era negra y gastada, con letras plateadas que reflejaban la luz de las velas de un modo antinatural.
El nombre que figuraba en ella no era solo «Madame Verina».
«Verina, la que camina entre sombras».
Debajo, había una dirección.
«Calle del Horizonte Perdido, n.º 7. Vareth».
Rufus frunció el ceño.
Nunca había oído hablar de la ciudad de Vareth. Quizá solo fuese un pueblo o una aldea.
Y, sin embargo, la palabra le resultaba inquietantemente familiar.
Como si ya hubiera escuchado ese nombre en un sueño.
Cuando levantó la vista, Madame Verina lo estaba mirando con la certeza de alguien que ya sabía qué haría él con esa tarjeta. Como si supiese que, años después, lo vería cruzar el umbral de su puerta buscando respuestas a sus preguntas.
—Serás el puente entre dos mundos —dijo, con la voz cargada de algo imposible de nombrar—. Si llega el día en que camines solo, no será porque hayas elegido mal, sino porque los demás nunca estuvieron listos para seguirte. Y cuando eso ocurra, muchacho, la única pregunta que realmente importará será si tú sigues estando listo para seguir adelante.
El fuego de las velas se apagó de golpe.
Y, por un instante, Rufus tuvo la certeza de que algo invisible se había deslizado entre ellos y había tocado su espalda.
Algo que venía del otro lado del espejo.
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